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CARTA DE AJUSTE (III y final)

Octubre 18, 2009

Nota: Este artículo se publicó en la Revista Encuentro hace unos meses  y su aparición trajo consigo más de un desasosiego. Por eso decidí traspasarlo a este espacio, por entregas, claro, para   quienes   no pudieron  leerlo en su momento. Gracias. Namasté. 

Días después, Fernando Velázquez apareció  con el borrador, al que se le hicieron algunas enmiendas, pocas, a decir verdad y tras firmarlo, personalmente me dedique a recoger firmas.

Mi primera visita fue al poeta Raúl Rivero, con quien me unía una amistad de más de diez años. Lo encontré sin camisa, colérico y revuelto contra la incertidumbre, preparando las borras del café para colarlas por segunda vez en la mañana y sentados alrededor de la mesa de cristal, una vez leída con detenimiento, firmó sin exigir ninguna explicación.

Con la Carta recién estrenada en mano, me dirigí a la sede de Radio Enciclopedia, donde purgaba su cuasi exilio el poeta Manuel Díaz Martínez quien, apoyándose en el mismo buró de la recepcionista, firmó -mientras hacía este chiste- su “acta de independencia”.

Al pasar por 17 y H, casi tropiezo con la figura desgarbada e ingeniosa del novelista Manuel Granados, a quien apenas conocía de vista. Le mostré la Carta y allí, en plena acera, con mi espalda como soporte, estampó su rúbrica el autor de Adire y el tiempo roto.

Por sugerencia de Díaz Martínez, contacté con otro novelista, José Lorenzo Fuentes, cuya historia y obra conocía, pero no a él  en persona. Me invitó a su casa y ese día, junto con la firma de la Declaración… José Lorenzo, pulcro como el amanecer, entró en mi vida para siempre junto con Lida, su mujer. Cuando nos  encontrarnos años después, en el exilio, de Lida sólo  quedaban, en mi mundo, el recuerdo amarillo de su vestido y el místico resplandor de su mirada en  aquel  efervescente atardecer. 

De regreso a Alamar, en el trillo que habíamos echo de su casa a mi casa, me encontré con el escritor y periodista Bernardo Marqués Ravelo, acompañado de quien era su esposa por aquella época, la también periodista Nancy Estrada Galván. Llevo sobre mi espalda el peso de sus firmas porque  in situ,  aterrillados por  sol y sin que mediara por mi parte ningún  intento de convencerles, ni por la de ellos la más mínima vacilación, junto a sus nombres y rúbricas, Marqués y Nancy plasmaron sus votos por la búsqueda de una solución civilizada.

Si tenemos en cuenta el miedo, el que tomar decisiones de esa índole no es un hábito entre la intelectualidad cubana, además de las tremendas dificultades con el transporte, podemos decir, sin temor a equivocarnos, que habíamos instaurado un récord: apenas llevábamos día y medio recopilando firmas y de once intentos, sólo uno falló.

También a instancias de Manuel Díaz Martínez, quien tramitó la entrevista, con muy pocas esperanzas me personé en la sede de la Casa de América. En la entrada de coches me recibió el novelista y funcionario Lisandro Otero quien, tras escrutar varias veces  Carta y  firmas, alabó mi valor y se dedicó a criticar la redacción del documento. Mi respuesta fue sencilla:

-Si usted cree que está tan malamente pensada y escrita, redacte una y se la firmaremos sin lugar a dudas.

Oteador, Otero respondió exponiendo sus dudas acerca de la valía de algunos de los firmantes y luego de  escucharle varias citas más o menos cultas acerca de las reminiscencias de Clemenceau que se transparentaban en los postulados del documento, me despedí de Lisandro Otero, quien no firmó por “razones estéticas” pero, al menos, se atrevió a recibirme cuando ya era ostensible el olor a crucifixión que me acompañaba a todas partes.

 Siempre me he interesado más por el núcleo que por la periferia, de ahí que tenga el “mal hábito” de olvidar ciertos detalles, como nombres de  eventos patrios y  sus fechas; sólo puedo acercarme a ellos por analogías. Sé que, paralelamente a la vorágine de la recogida de firmas, en La Habana estaba celebrándose uno de esos eventos internacionales en el que se hallaban involucradas importantes figuras  del mundo, por lo cual, la ciudad desbordaba con la presencia de numerosos medios de comunicación extranjeros. En una visita que realicé a la casa de Elizardo Sánchez Santacruz, en respuesta a una solícita petición de su parte, éste me presentó a un periodista “de Miami” apellidado Aruca, muy interesado en hacerme una entrevista y en, según Sánchez Santacruz, sacar de la isla la parte de la Declaración de los Intelectuales que ya estuviera firmada. Nunca antes había oído hablar de Aruca pero debo confesar que, desde que tengo uso de razón, me asiste el infalible olfato de los supervivientes y no acepté que la Carta saliera por esa vía, aunque no se me escapaba el inminente peligro de que cayera  en manos de la Seguridad del Estado: estábamos jugando  con fuego así es que, cuando al segundo día recibimos desde Madrid una llamada de Carlos Alberto Montaner, anunciándonos que la abogada norteamericana Harriet Babbitt (años después embajadora de Estados Unidos en la O.E.A. durante la administración Clinton) se encontraba en La Habana y quería entrevistarse con nosotros, acudimos a la cita en el Hotel Habana Libre. Fue ella, Harriet Babbitt,  quien se ofreció como intermediaria para sacar de la isla una copia del peligroso documento, cuyo original, dicho sea de paso, ya se había debidamente presentado en el Comité Central del Partido Comunista de Cuba y manteníamos el “acuse de recibo”  a buen recaudo. En eso también se equivocaron los exegetas: la Declaración… no se dio a conocer primero en el extranjero. El que nunca se difundiera ampliamente  en Cuba no dependió de nuestra gestión que, puedo dar fe, resultó impecable.

La Declaración de los Intelectuales ya estaba a salvo en la otra orilla del mar Caribe y en honor a nuestra verdad, a esas alturas nos importaba bien poco bajo las órdenes de quién estuviera la persona que nos sirvió de vehículo para que se cumpliera su cometido. No estábamos dispuestos a hacer más concesiones al manido recurso de la C.I.A. como  el “coco” capaz de paralizar nuestras más que legítimas esperanzas.

Al abandonar la isla, la composición de la Carta… era más o menos esta, sin tener  en cuenta un orden estricto en la aparición  de los firmantes:

 María Elena Cruz Varela

Raúl Rivero Castañeda

Manuel Díaz Martínez

Manolo Granados

José Lorenzo Fuentes

Fernando Velázquez Medina

Roberto Luque Escalona

Víctor Manuel Serpa Riestra

Bernardo Marqués Ravelo

Nancy Estrada Galván

 Estos fueron los hombres y mujeres que dieron motivo a que el documento pasara a la historia con el nombre de La Carta de los Diez

 A partir de ese momento, quedábamos a merced de las contingencias y a mi casa continuaron llegando artistas e intelectuales cuya valentía, aún hoy, tiene la virtud de estremecerme porque no eran mis amigos, no nos conocíamos siquiera y ya la caja de los truenos se había destapado sin remedio. No había vuelta atrás.

La vigilancia frente a mi casa era de veinticuatro por veinticuatro horas cuando el filólogo germanista y militante del Partido Comunista Jorge Pomar Montalvo, dejó sobre la mesa de mi humilde comedor el  rojo emblema de su militancia en forma de carné del Partido y pidió firmar la Carta; Alberto Pujol Parlá, pintor y músico, acudió también al reclamo de su conciencia.

Había que estar presente para saber  cuánto coraje era necesario recopilar antes de dar semejante paso.

Por otro lado, Jorge Crespo y Ricardo Vega, jóvenes cineastas,  firmaron  una de las copias que aún circulaban por la ciudad. En total, las firmas llegaron a sumar veinte, no los menciono a todos porque de algunos, lamentablemente, todavía no tenemos claro cuáles eran sus intenciones y, como en toda acción abierta es imposible controlar los objetivos de  quienes participan, me arrogo el derecho de no trasladar ciertos nombres a estas páginas. Si me equivoco, lo lamento, no será la primera vez, tampoco la última. Pero a estas alturas de mi vida sólo estoy dispuesta a rendir cuentas ante un único juicio: el de Dios.

 La Caja de Pandora estalló cuando, por primera vez, reunieron las turbas frente a mi domicilio y escuché las primitivas notas de las horcas caudinas entonando  un acto de repudio.

Comenzó la campaña de desacreditación o, mejor dicho, de desprestigio y, como era de esperar, los estrategas de la Lubianka cubana se enfocaron en mí, la “cabeza visible”. Seguros de que, por ser mujer, era más vulnerable, arremetieron en mi contra con todo el empuje de su maquinaria, en un zafio alarde de brutalidad que puede   ser definido de muchas formas, pero me conformo con tres: machista, vulgar y de muy pocos “testosteroles”.

Los poetas y escritores Raúl Rivero, Manuel Díaz Martínez, Manolo Granados, José Lorenzo Fuentes -sin dudas los de mayor proyección internacional- fueron asediados para que retiraran sus firmas del documento. Cabe subrayar, con gratitud no exenta de orgullo, que esta vez fracasaron. Los estrategas del G-2 no lograron que ni uno solo de los firmantes se arrepintiera y cantara la acostumbrada palinodia. Todos asumieron dignamente las consecuencias de su acción y no se dejaron tentar ni amedrentar, porque hubo de todo. El estrepitoso fracaso obtenido con los firmantes los llevó a revolverse aún más en mi contra. Nunca antes se vio que  “una poetisa desconocida y semianalfabeta, de dudosa conducta moral y enferma de neurosis histérica”, requiriera tanta vigilancia y movilización por parte de los denominados “tanques de pensamiento” que operaban en los sótanos de Villa Maristas. Pero esta también es otra parte de la historia. Adentrarme en ella me alejaría del motivo central de este artículo: presentar, diecisiete años después, mis respetos y admiración a quienes lograron imponerse al miedo en ese junio de 1991 porque, al estampar sus firmas en aquella Carta, atrajeron sobre sí el odio de un sistema basado en el odio y con él, toda su incalculable potencia represiva dedicada, a partir de ese momento y sistemáticamente, a buscar el mejor modo de destruirnos.

Quizá lo más vergonzoso en esos tórridos días  fue descubrir, en la réplica o “contra carta” que en varias entregas publicó el diario Gramma, los nombres de muchos, muchísimos de los “amigos” que frente a mis hijos, en mi apartamento de Alamar, periódicamente  regurgitaban su ración de  descontento contra el régimen.  La mayor parte de esos “amigos”, que no vacilaron en firmar contra nosotros por variopintas y pendejísimas razones, a sabiendas de lo que estaba en juego, hoy también viven en el exilio, aunque algunos prefieran llamarle emigración o diáspora a este crudelísimo fenómeno, como si con ello pudieran atenuar las responsabilidades y, una vez más, establecer diferencias, marcar límites.

 Ahí estaba. Lo habíamos hecho. A pesar de los lúgubres augures, a pesar de los sabihondos dueños de las claves de cuál debe o no ser el momento adecuado, lo habíamos logrado. Habíamos levantado una coral  en medio de una sinfonía de silencios. Por eso empezaron a sumarse más y más adeptos a nuestra causa aunque, en el fondo, sabíamos que a la hora de la verdad, estaríamos solos.

Nunca podré agradecer lo suficiente la presencia a nuestro lado de Gabriel Aguado Chávez, valiente donde los halla, ingenioso también. No fue uno de los firmantes, pero sí fue el creador de nuestra pequeña imprenta, hecha con un galón de pintura relleno de arena y una frazada de piso, de las mismas que otros utilizaban para falsificar bistec.

La lista de colaboradores se haría demasiado larga, todos fueron perfectos e insustituibles. Todos ahora forman parte del extrañamiento pero, Pastor Herrera Macurán, el trabajador ferroviario, merece  un lugar entre estas páginas. Ya habrá tiempo también para contar cómo  nos ayudó a inundar, con cartas de reflexiones, el convoy en el que debían trasladarse al Camagüey los participantes en el Cuarto Congreso del Partido…

Ya en los acordes finales de esta pieza inconclusa, quisiera aclarar que nunca he aceptado el rol de víctima o de “instrumento manipulado por…” que, como medallas o potalas, han querido colgar de mi nombre; unos lo hacen por desconocimiento, otros, porque les  resulta cómodo y útil. Pero no, no fui, no  soy una víctima, menos, un instrumento de nadie. La autenticidad y el valor de lo que hicimos se puede medir por la salvaje intensidad de la respuesta por parte del régimen. Declararnos víctimas es renunciar a nuestra libertad, cediéndole al sistema represivo todo el poder que hubimos de desarrollar para que nuestras ideas sonaran alto y claro. ¿Que nos reprimieron? Sí, pero eso no nos hace víctimas, sino héroes y está claro que no se pueden ser las dos cosas a la vez. Los protagonistas de un acto de libertad de semejantes magnitud y connotaciones no pueden ser reducidos a la categoría de “pobrecitas víctimas” sin que el verdugo salga fortalecido y por ende, el miedo continúe ganando terreno.

Quedan  cosas por explicar, razones que ofrecer, por ejemplo, la expulsión de Roberto Luque Escalona de la presidencia de Criterio Alternativo. Estas historias quizá deban esperar la generosidad de un nuevo espacio en el que ser narradas.  Sólo quiero anticipar que, en lo personal, no estuve de acuerdo con   la forma en que se expulsó a Luque de la organización Fue mi primera lección aprendida acerca de las trampas a las que puede dar lugar una mala comprensión de las fórmulas democráticas.

Han pasado diecisiete años y muchas, muchas cosas. En el camino  se nos han ido  bajando algunos: Manolo Granados murió en París; Víctor Manuel Serpa en Estados Unidos; en Canarias, Ofelia Gronlier, la esposa de Díaz Martínez, falleció cuando apenas empezaba a vislumbrar la nueva vida que parecía abrirse antes ellos. Lida también se fue, en Miami   -digo, si es que de verdad se marchan aquellos que siempre están rondando tu memoria.

Por ellos hablo. Es por ellos, que ya no podrán hablar por sí mismos, por los que  quise “ajustar” esta Carta, porque las prisas pueden hacernos caminar por encima de sus tumbas, arrollándolo todo.

Ellos, los vivos y los muertos, fueron héroes. Unos, por acción, otros, por su infinita capacidad de resistencia y apoyo incondicional, como los de doña Lázara, mi madre, sin cuya cooperación, ni mis hijos ni yo hubiéramos podido sobrevivir; el de mi hermano Pascual Cruz Varela, eterno cómplice; los de Mariela y Arnold, quienes, a pesar de su juventud, se mantuvieron a la altura de las circunstancias porque sabían, comprendían lo que estaba en juego y  jamás me han reprochado la tensión y el peligro que debieron afrontar. Aprendieron que la libertad es un territorio de conquista en cualquier parte por el que vale la pena asumir los riesgos. Nunca podré agradecerles lo suficiente que me hayan aceptado como madre.

A ellos y a todos los demás, donde quiera que estén, van dedicadas, en gratitud y amor, estas palabras.

 

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CARTA DE AJUSTE II (continuación)

Octubre 10, 2009

Nota: Este artículo se publicó en la Revista Encuentro hace unos meses  y su aparición trajo consigo más de un desasosiego. Por eso decidí traspasarlo a este espacio, por entregas, claro, para   quienes   no pudieron  leerlo en su momento. Gracias. Namasté. 

¿Cómo nació la Declaración de los Intelectuales; quiénes éramos entonces?

En el principio fue mi apartamento de Alamar, mi máquina de escribir, los poemas, los amigos –algunos no tanto- y Mariela y Arnold, mis hijos, quienes por suerte,  siguen siéndolo tanto.  El país hecho trizas, el Período Especial, las amenazas de  Opción Cero y mis hijos otra vez, mirándome desde una inocencia que  me hacía sentir culpable por  haberlos arrojado a “la arena de este lado del mundo”, pero no sabía qué hacer, ni cómo hacerlo.

Ganar el Premio Nacional de Poesía y el proceso mediático encabezado por Raúl Castro contra el general Arnaldo Ochoa son, de esa etapa,  sucesos que se mezclan en mi mente, porque ambos fueron, en términos de resistencia pasiva, las  gotas que colmaron mi vaso.

Desesperada y con un terrible sentimiento de humillación, me dejé rodar hasta llegar al suelo mientras el segundo Castro entonaba, frente a las cámaras de televisión y para un auditorio de generales sangrientos y aborregados, su particular diatriba contra el general Arnaldo Ochoa, los gemelos Antonio y Patricio de la Guardia y un nutrido grupo de oficiales que, hasta ese momento, eran considerados héroes; narcotraficantes y delincuentes a partir de ahí. Raúl Castro pedía que nos involucráramos en la farsa, pretendía obligarnos, por silenciosa aceptación, a que formáramos parte de un juicio al que asistíamos desinformados e  impotentes. Lo quisiéramos o no, teníamos que condenarles a la pena de muerte por fusilamiento porque ese era el deseo expreso de “nuestro Papá”; la voluntad del Jefe.

-Hijos –dije- aquí sólo van a sobrevivir los fuertes y los inteligentes y su madre no les puede garantizar que sea ninguna de las dos cosas. (Entiéndase por sobrevivir no sólo mantener la carcaza del cuerpo con vida a cualquier precio).

-¡Hay que hacer algo!

Convinimos pocos meses más tarde con el poeta Manuel Díaz Martínez, quien presidiera el jurado en el cual mi libro Hija de Eva resultó ganador del Premio de Poesía Julián del  Casal, en 1989. (Tendenciosamente,  Waldo Leyva, a la sazón presidente de la sección de Literatura de la UNEAC, en el artículo “A enemigo que huye, puente de plata”, publicado en el diario Juventud Rebelde con motivo de la posterior salida al exilio del poeta Díaz Martínez,   insinuaba, en un alarde de mal gusto digno de tener en cuenta, que el premio se debió a cierto tráfico de “favores íntimos” entre  Díaz Martínez  y yo).

-Mariela –habló el poeta – No se trata de tumbar al gobierno, sino de salvarnos moralmente. Vaya –agregó con su proverbial sentido del humor- algo así como decirles: “Tenemos el paraguas dentro, lo han abierto, nos obligan a movernos, pero no nos pueden obligar a decir que nos gusta…”

Todo bien hasta ahí, pero  los consejeros no tardaron en aparecer para disuadirnos de que, ni estábamos preparados, ni era el momento. El dramaturgo Antón Arrufat habló con Manolo. El  poeta Manuel Vázquez Portal, apelando a su lucidez de  entonces, se encargó de “abrirme los ojos”. Sentados ambos en una acera en la calle 17 esquina H,  me explicó que no tendría ni un lugar donde esconderme, “ya no hay posibilidades de meterse en la Sierra Maestra y además, fumas mucho y tampoco estás en buenas condiciones  físicas”. Estas fueron aproximadamente sus palabras y lo peor del caso es que eran verdad y ¡continúan siéndolo! El tabaco y las dolasmas aún  son “mi más fieles compañeras” –digo, para matizar con un cierto tufillo a bolerazo.

 Mientras, mi apartamento era un hervidero al que muchos, demasiados quizá,  acudían a verter su inconformidad y después se marchaban limpios de conciencia, sintiendo que habían consumido su diaria dosis de disidencia oral. Me harté y decidí arrancar sola, sin encomendarme a nadie más que, otra vez, a mis hijos. Escribí una Declaración de Principios a título de todas las “yo” que creía ser: la madre, la cubana, la poeta, la mujer… y las rodillas me tiemblan al recordar cómo me temblaban las rodillas cuando, transida de pavor y vulnerabilidad, redactaba la carta escoltada por Mariela, Arnold y por Héctor David, “contra” quien estaba casada por entonces. Puedo revivir el sentimiento de trasgresión que experimentaba, ¡como si estuviera cometiendo una falta, tan grave, que no tendría perdón de un Dios al que, por esos años, ni siquiera conocía!

Esa carta fue entregada en las dependencias del Comité Central del Partido Comunista de Cuba y, como es lógico, obtuvo la callada por respuesta.

Así fue hasta que, tras sus enormes gafas y su aspecto intelectual,   Thais Pujol, casi una niña, se incorporó al paisaje alamareño. Fue ella quien me habló de un  libro escrito en Cuba y publicado en Miami por Roberto Luque Escalona. Me lo prestó. Lo leí. Conocí a Luque y al padre de Thais, José Luís Pujol, los  fundadores de Criterio Alternativo, y todavía llena de miedo y confusión, me sumé a ellos.

El escritor y crítico Fernando Velázquez Medina,  asiduo a las tertulias de mi casa, pasó a visitarnos y le conté con detalles el paso que acababa de dar. En lugar de la reprimenda  que esperaba, Fernando reaccionó pidiendo incorporarse al grupo. La troica Pujol-Luque-Cruz Varela dejó de serlo. Ya éramos un cuarteto: teníamos  que empezar a sonar.

Nos reuníamos, discutíamos, escribíamos y todo parecía ir más o menos bien hasta el momento en que pedí pasar las reuniones del grupo para mi casa: era la única con hijos pequeños. El primero en desgajarse del cuarteto al poco tiempo  fue José Luís Pujol. Nunca entendí por qué, pero, equivocado o no, sus razones tendría y  las respeto.

 Fue en el vientre de un autobús de la ruta 116, Alamar-Vedado, donde se gestó la Declaración de los Intelectuales. De pie, apretujados, remecidos y sopapeados, viajaba con mis hijos, escoltada por Héctor David y Fernando Velázquez, quien me dejó caer al oído, con ese estilo suyo tan particular, la necesidad de hacer una  carta para recoger firmas entre los intelectuales cubanos. Haciendo equilibrios para no caer, le respondí que, “con tan buena voz, no mandara a cantar”, que la redactara él mismo y una vez escrita, la discutiríamos con los demás, o sea, hasta ese momento, con el único miembro de Criterio Alternativo que no estaba presente: Roberto Luque Escalona. Fue así como surgió, ni más ni menos, lo cual no le resta un ápice de valor y grandeza. Esas eran nuestras circunstancias.

Lamento defraudar a quienes eligieron creer que se trataba de una “Nueva maniobra de la C.I.A”, como se apresuró en calificarla el diario Gramma en un artículo presumiblemente escrito por Carlos Aldana, el tercero  en la cadena de mandos del Comité Central, quien, sin saber que estaba a punto de ser  escandalosamente defenestrado, aún se creía invulnerable. Como elemento jocoso, quiero agregar que, si la Agencia Central de Inteligencia norteamericana  tuviera que pagarles por sus servicios a todos los disidentes y opositores que fueron, y son,  acusados por el régimen cubano de trabajar bajo sus directrices, la reserva monetaria Federal de los Estados Unidos de Norteamérica hubiera agotado  su presupuesto y algo más.  En lo que a mí respecta, ¡todavía espero al agente de la C.I.A. que se identifique como tal, claro está, y ofrezca abonarme, con los debidos intereses, la fortuna que me adeudan por los servicios  que, se supone, les he prestado!

Entiendo la posición  del régimen cubano al respecto: a esas alturas del juego, daban por sentado nuestro endoctrinamiento, por tanto,  en sus mondas seseras no podía caberles que   renunciáramos a Matrix por iniciativa propia.. Éramos un “error en el programa” que jamás debía ser reconocido como tal. Desde sus “puntos en la vista”, semejante patada pública en pleno corazón de su demagogia  no se nos pudo ocurrir a nosotros solitos.

Pero no, señores, el proyecto de una declaración en la que algunos intelectuales patentizaran su disconformidad con la situación política y económica de la isla, no nació en las refrigeradas oficinas del Pentágono;  ni en las asépticas dependencias de Quántico. Vino al mundo en medio de empujones, fuertes olores de axilas sin desodorantes y arrullada por el salitre, la chusmería, la indiferencia y la guasa de quienes regresaban de darse un chapuzón en Guanabo porque, olvidaba un detalle sin importancia: era domingo. Así es que, parodiando la parodia, podemos asegurar que esta Declaración fue, es y será “tan salá como las aguas de nuestras playas caribeñas”.           (continuará…)

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carta de ajuste

Octubre 4, 2009

Nota: Este artículo se publicó en la Revista Encuentro hace unos meses  y su aparición trajo consigo más de un desasosiego. Por eso decidí traspasarlo a este espacio, por entregas, claro, para   quienes   no pudieron  leerlo en su momento. Gracias. Namasté. 

  A  Manolo Granados, Víctor Manuel Serpa,  

   Lida y Ofelia Gronlier, In Memorian.

 El título de este trabajo no puede ser otro que “Carta de ajuste” porque  se trata de afinar la sintonía. Cuando el ruido del mundo hace que extraviemos la memoria y las perspectivas, es necesario “ajustar el patrón de pruebas” para no extraviarnos.

En este  año se conmemora -para aquellos que no insistan en olvidar o pasar por alto- el décimo séptimo aniversario de un hecho que marcó un hito en la otra Historia de Cuba: La Declaración de los Intelectuales o Carta de los Diez. Para rendir homenaje a quienes lo arriesgaron  todo en aquellos gloriosos, hambreados y peligrosísimos días de una Habana asediada por el miedo y la imposibilidad, es preciso  apartarse de las expectativas personales y sin prejuicios,  caminar dentro de sus sandalias. Estar y ser con ellos.

Nunca antes he escrito con detalles acerca de esa etapa, quizá porque,  a fuerza de escaldaduras, asimilé que todo necesita su tiempo, su baño de serenidad y aplacamiento porque nosotros, los humanos -asustados por la raíz del término, inevitablemente asociada con el humo- nos comportamos ante la historia como si esta fuera una taquilla donde se expenden boletos hacia la  inmortalidad y otras memeces. Frente a esa ranura nos atropellamos los unos a los otros, intentamos obviar lo obvio, adulterar, tergiversar e incluso, cometemos delito de lesa mediocridad. Nos afanamos en eliminar, por omisión o indiferencia, a aquellos que, creemos, puedan hacernos “sombra”. Hay quienes, aturdidos e insensatos, llegan a confundir la entrada al “paraíso de la posteridad” con la ventana catódica y terminan estrellándose contra su  engañosa pantalla.  Todo eso, y más, hacemos apretujados delante del  impasible umbral que, suponemos, debe salvarnos de ese pensamiento de  muerte que llamamos olvido; de ese horror vacui al que sucumbimos al pensar que  nuestra vida carece de sentido si no salimos en la “Foto”. ¡Así somos de inocentes! Y creedme: no estoy ironizando.

 La Carta de los Diez no es el único hecho trascendente, de probado  valor e inteligencia en la cruzada por lograr la democracia en Cuba, pero sí inauguró un estilo que más adelante serviría a otros para establecer su propia senda en la disidencia interna. En el proceso de germinación de una sociedad civil al margen de las esferas del poder, se puede hablar de un antes y un después de la Declaración de los Intelectuales, pero ése es tema para otro trabajo.

Como  sabemos, por experiencia, que  la historia es algo que unos escriben mientras sus protagonistas se juegan la piel, cada cual debe hacerse responsable de rellenar los apartados de su propio guión, sin esperar a que  sean “otros” los que vengan después a hacer el “cuento” porque no hay después, no hay otro tiempo que  éste y no es de sabios dejarlo pasar sin haber hecho lo que creamos pertinente. Por tanto, para curarnos en salud, sólo me falta aclarar que mi intención no es disminuir unos hechos en favor de otros, sino rendir un  merecido tributo a quienes, hace diecisiete años, asumieron el riesgo de firmar un documento que no tuvo ni tiene precedentes en el desarrollo de esta tragedia que ensombrece nuestras vidas hace casi media centuria. Sus efectos irradian sobre quienes fuimos obligados al extrañamiento y hoy padecemos el Síndrome de Ulises, desparramados por los cuatro  puntos cardinales del planeta.

En estas y otras cosas he pensado durante mis cuatro años de seudo-retiro voluntario –digo “seudo”, porque el retiro absoluto es imposible-. Me he dedicado a pensar, a intentar comprender y, también, a escribir alguna que otra novela. Para ello era necesario apartarse de los reflectores, aunque sea por un período de tiempo. Esta elipsis fue imprescindible para ajustar mi carta personal, tomar cierta distancia y evitar atropellarme contra el árbol sin llegar  nunca a percibir la magnitud del bosque.

 (continuará…)

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¡Toma castaña!

Septiembre 27, 2009

Dicen que Dios protege a los inocentes, a los borrachos y doy por supuesto que a los idiotas, también. ¿Cómo, sino, un grupo de artistas, la mayoría ya pasados de popularidad, pueden sentirse satisfechos con dar ese pobre des-concierto en La Habana?  Es posible que asumieran el “reto de cantar en la boca del lobo” para relanzar sus  carreras, creídos y engreídos, de que, a Ellos, el viejo lobo no les enseñaría los dientes. Pues, ¡Toma castaña!

Cuando escribí Sobre leyes y des-conciertos,  lo que menos me importaba era la atuación de quienes, disfrazados bajo la felpuda oveja de las buenas intenciones, se reunirían para cantar en la base de la Raspadura, a los pies de un Martí escandalizado por la porbreza estética del acto mismo. Lo que me  puso el vello como escarpia fue la mentalidad de barbacoa de algunos sectores del exilum tremens y su manía, dale que te pego, de imitar los modos de hacer del “otro lado” y allá  se van, con los improperios, las amenazas y las piras de lo que sea, discos, libros, películas, camisas, etc., etc…

 Eso ya pasó, aunque, mirándolo bien, lo peor no fue el concierto, lo peor, lo verdaderamente atrabiliario, es lo que ha venido después y, no obstante, ahora todos parecen conformes y embobados con los vídeos “clandestinos” en el lobby del hotel isleño y con las pos declaraciones  de los artistas una vez  dejaron atrás La Habana, sus secuelas y sus secuaces. Y es que, encontrar   téminos medios en este batiburrillo de emociones, es tarea para Hércules.

 Ahora refulge  bajo  las luces de los variopintos platós   la supina ignorancia política de esos neo salvadores, que aterrizaron en el aeropuerto habanero con más  desconocimiento que ropa en sus equipajes. Nada sabían de la realidad de la isla, nada de nada,     pero regresaron iluminadísimos todos,  poseedores de la verdad, más absoluta que el Abssolut Vodka.  “Los cubanos son alegres -dicen- son divertidos” -aseguran.  ¡Han descubierto  el agua tibia!, olvidando que la mayor parte de su popularidad se la deben a los cubanos, que son los mismos, queridos míos, estén en Miami o en Tumbuctú.

 ”¡Los cubanos sólo piden que se levante el embargo, aunque sea a las medicinas!” ¡Upsss! Premio a la ignorancia, en la isla siempre han recibido medicinas y artículos de primera necesidad, que el régimen vende a los turistas sin preocuparse de quitarles el sello, sea  de Cáritas,   o de San Juan de los Palotes. ”Los cubanos piden a sus hermanos exiliados que los ayuden” ¡Otra vez, Upss! ¿Y que hemos estado haciendo hasta ahora? ¿Es que no saben que más del 80 % de la economía cubana depende de las ayudas de los gusanos, vende patrias y traidores que somos, los únicos  capaces de pasar por  alto nuestros resentimientos y dolores?  ¿Acaso  Olga Tañón, que esgrime su fé Católica para justificar  silencios y omisiones, no pudo recordarle a los que claman por nuestra  ayuda uno de los  refranes populares más válidos hasta hoy: “Dios dice: ayúdate, que yo te ayudaré”? 

Es que, oyéndoles    me vienen ganas de parodiar a Juan Carlos de Borbón. ¿Ya cantaron, o berrearon, o lo que sea? Bueno, y ahora: “Por qué no se callan”?

Ninguno habla de lo que sucedió en el hotel, ni de la “cola de vigilancia” que llebaban donde quiera que iban. Nadie menciona el ataque de histeria de Miguel Bosé que, por cierto, me dejó de una pieza con eso de que “¿Por qué nos hacen esto a nosotros? ¿Por qué nos persionan? ¡Por qué no entienden que somos lo mejor que les ha pasado!”  ¡Toma castaña, Miguelito? ¿Quiénes y qué te hicieron? ¿Con qué te presionaron? ¿Acaso intentaron chantajearte? O, los divertidos segurosos, que al fin y al cabo también son cubanos, tuvieron el mal gusto de gritarte: “¡No invente, Papito, que no va´a bailar!”

¿Tienes idea, Miguel Bosé, de cuántos de nosotros  hemos vivido años de parecida desesperación, pero por razones muy diferentes y sin pasaporte ni billete  para la huida? No, seguro que ni aún así tienes idea de lo que es, por eso no me apeno, no, no me apeno. ¡Toma castaña! -Repito- para que no sigas creyendo que eres especial y que los verdugos tendrán en cuenta tu “heróico gesto” de ir a cantarle al “pueblo”, sustantivo que para mí resulta hondamente sospechoso  porque, ¡mira que en nombre del pueblo se han  cometido atrocidades sin nombre!, y para ellos, los gerifaltes de una dictadura que tú, inocente, borracho o idiota, no lo sé, pensaste te tratarían como a un  Deus Ex Machina dispuesto a salvar escollos micrófono en mano, para ellos, es hora que de que te enteres, ese mismo pueblo sólo es digno de desprecio.

Que ¿Por qué a ustedes? ¿Y por qué no? -Digo yo- si nos lo han hecho a quienes hemos nacido y crecido allí, por qué ustedes iban a hacer la diferencia.  Dices que   son “lo mejor que les ha pasado”,   ¿a quiénes y por qué?, ¿de dónde te viene ese conocimiento de nuestra historia?,  me pregunto, después de revisar una larga lista de muertos y olvidados que también   creyeron ser lo mejor que les había pasado a la tiranía, ignorando que, dado su alto componente Narcisista, lo más plus que les ha sucedido a ellos, son ellos mismos. ¡Toma castañazo, tío! Cincuenta años dan para mucho y, como dice Paquito de Rivera, “Estamos hastas los mismos cataplines de que siempre llegue alguien a tratar de enseñarnos cómo hacer bien las cosas,  oiga: que el tiempo de la colonización y la conquista ya pasó, así es que,  a llorar, a otra parte.”

 

 

 

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SOBRE LEYES Y DES-CONCIERTOS…

Septiembre 7, 2009

Resulta curioso que, pese a su complejidad,  a los humanos se nos dé más fácil asimilar las leyes  pensadas y escritas por los hombres -en genérico,  por aquello de lo políticamente correcto- y podamos discurrir largo y tendido sobre lo que  creemos está bien o mal, es justo o injusto y hasta el grado de punibilidad de los individuos según  valoramos la magnitud del delito  y, sin embargo, nos resulta casi imposible la aceptación de leyes mucho más antiguas, más sencillas y que tienen la virtud de cumplirse las conozcamos o no; estemos o no dispuestos a aplicarlas. Están ahí, son tangibles, no hace falta tocar el arpa  a tres metros del suelo para que las Leyes del Universo  hagan acto de presencia en  cada segundo de nuestras vidas.  Por ejemplo,   la más    conocida de estas leyes universales: la Ley de Gravedad. Si empujáramos desde lo alto de una azotea al peor de los asesinos y al más santo de los mortales, ¿alguien duda que ambos cuerpos físicos, sin distinción, terminarían contra el pavimiento? Sé que es un ejemplo extremo, pero funciona y a quien no lo crea, no se le aconseja ponerlo a prueba. Pues bien, el resto de estas Leyes actúan con la misma infalibilidad, tanto, que están siendo contrastadas por los especialistas en Física Quántica.

Este preámbulo está relacionado con el des-concierto que me produce la reacción de algunos de mis compatriotas acerca de un colombianito cuya “Camisa negra” no sobrepasa la talla S  y que actuará en Cuba, en la Plaza de la “Robolución” -no sé a quién le estoy usurpando el copy right, pero ofrezco disculpas de antemano-  próximamente.  Por lo que leo y escucho, en virtud de una de esas Leyes, la de Polaridad, a este señor se le está promocionando de lo lindo  sin que le cueste un céntimo y si estaba predestinado al olvido, como es casi seguro,  a causa de la misma maquinaria fagocitadora que lo lanzó a la fama, ahora  quizá debamos soportar sus “camisas negras” unos cuantos años más, amén de la añadida  leyenda sobre  hogueras con discos y camisas.  Quiero aclarar que no  tengo nada en su contra, porque me sentiría obligada a tenerlo contra unos cuantos  miles de transitoriedades,    de esos “rellenos” que surgen entre una verdad y otra pero, lo curioso es que tampoco tengo nada a su favor. En mi círculo de intereses  ocupó un lugar menos que nulo, hasta que, claro, surgió el escándalo y con él, otra poderosa Ley: la de Atracción.

Las imágenes de la quema de sus discos dispararon en mi memoria  visiones muy similares de épocas y costumbres que nos haría mucho bien no imitar. Nada hay entre el cielo y la tierra que justifique   achicharrar libros, discos, cuadros, etc., ni siquiera por razones estéticas. Esas son actitudes que nos acercan demasiado a los procesos de la  poco santa Inquisición, al fascismo, al castrismo y a casi todos los sistemas de los que la historia tiene sobradas razones para avergonzarse.

Si el susodicho cantante está dispuesto a presentarse en Cuba y no lo podemos evitar, ¿para qué entonces darle gas a su carrera? ¿Por qué no ahogarlo promoviendo un concierto en Favor de la Democracia en la Isla en el cual intervengan lo mejor y más granado de nuestros artistas en el exilio y todos los internacionales que se respeten y deseen participar? Está visto que la basura no se tapa echándole más basura encima.

De veras no entiendo por qué nos sentimos tan amenazados  si, en cincuenta años de dictadura, se han dado en Cuba no sé cuántos conciertos, espectáculos, festivales, etc. y, por cierto, ¿qué honorables miembros del exilio de los últimos veinticincos años se atreven a jurar sobre la Biblia que jamás fueron al Festival de la Canción de Varadero, al Festival de Cine de La Habana, a los conciertos de S. R. en la misma Plaza, al ballet de A. A., al Teatro K. M. o, en última instancia, quién no movió los pies al ritmo de aquel venezolano,  cuando inflamó Cuba de arriba a abajo pidiendo que “le dieran más cable”? Vamos, señores -y señoras, por supuesto- seamos mínimamente honrados, y cuidadosos también, no debemos olvidar que, como dice el  dicho: “Rasga la piel de un extremista y te encontrarás a un oportunista”. Más serenidad y menos entusiasmo por la quemazón, la práctica demuestra que no resulta, a menos que  el efecto que algunos oportunamente estén buscando sea el de endiosar la pacotilla y, como dice  Doña Lázara, una de las mujeres más sabias que conozco: “Eso es hacerle el juego a los verdugos de “allá” o, a lo peor, hacerles caso.”  Si lo que sentencia la Doña fuera cierto, no me quedaría otro remedio que clamar a Cielo y pedir: “De la Cuba futura líbreme Dios, que de la presente, me libro yo.” Amén.

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CUBA: UNA PIEDRA EN EL OJO DEL MUNDO

Septiembre 2, 2009

 

  Artículo publicado en la revista EL NOTICIERO DE LAS IDEAS, # 39, julio de 2009

 

Por María Elena Cruz Varela

 

Salvedad necesaria.-

 

Para mí  -y ofrezco disculpas por personalizar- reconocer que en los cincuenta años que perdura la dictadura de los hermanos Castro en Cuba,  he perdido muchas cosas y sin embargo, maravillas de la paradoja, también he ganado algunas como, por ejemplo,  sobreponerme a mi propio dolor por la separación, la distancia, el “nunca más volveré a ver a mi padre” -a quien tampoco pude acompañar en sus últimos días-  es el resultado de un  diario ejercitar la voluntad de vivir, de abrirme paso en medio del lacerante desmembramiento, hasta lograr  descontextualizarlo,  de tal modo que, aunque haya sido  causado por la misma razón, hoy puedo separar las parcelas de mis experiencias personales, sacándolas del ámbito gran-tragedia-nacional, donde las tuve  inscritas   hasta que descubrí que  entorpecían mi capacidad para reflexionar con la imprescindible serenidad que aporta la distancia física y  la templanza de las emociones.  Despersonalizar Cuba y verla como el-hecho-en-sí, dejar de  observarla desde la incómoda butaca de la pobrecita víctima,  me ha ayudado a pensar con mucha más libertad sobre  nuestras características y circunstancias, lo cual no quiere decir que haya dejado de formar parte de la  honrosa lista de quienes nos equivocamos en nuestras apreciaciones, sino que le he perdido completamente el miedo a equivocarme y con ello he ganado en invulnerabilidad ante los intentos de ataque por parte de ciertos sectores. No escribo para decir grandes cosas del agrado de todos y no me interesa la mayoría absoluta en nada ni por nada. La historia ha demostrado que las mayorías se equivocan  mayoritariamente y lo que pienso, digo, o escribo, no aspira a mucho más que a plasmar  mis opiniones, asumiendo el riesgo que toda opinión encierra. Una vez hecha la salvedad, queda claro que usted  es tan libre como yo para no estar de acuerdo.

 

En busca de la razón perdida.

 

Tras leer  documentadas opiniones y contrastarlas con otras  versadas opiniones también, llego a la  poco halagadora  conclusión de que  sobre el tema Cuba, a pesar de los ríos de tinta,  kilómetros de celuloide y cataratas de palabras vertidas en esta media centuria,  seguimos sin saber  prácticamente nada y este  no saber,    es  un reflejo de lo que, sin suceder, sucede en la isla.

Los estudiosos que han logrado sobrevivir en el tiempo a la dictadura, continúan con todas sus herramientas enfocadas hacia el fenómeno caribeño y, aún contando con las más  avanzadas técnicas de   investigación y sondeo, sólo pueden aproximarse por comparación a otros procesos y, en el mejor de los casos,   realizar sus proyecciones a partir de experiencias tales como las de Europa del Este. Más allá de nuestra buena voluntad, debemos  aceptar que ese pequeño país hispanohablante, de clima tórrido y dado a la jarana aún en las peores circunstancias, no tuvo ni  tiene que ver  histórica,  sicológica y sociológicamente,  con los países que formaban el bloque socialista antes de la caída del Muro de Berlín  en los cuales, dicho sea de paso, los modos de encarar la transición y sus consecuencias difieren bastante entre unos y otros. Los más eminentes historiadores, economistas, politólogos y demócratas  han devenido, a fuerza de tropezar con el absurdo, en humildes futurólogos obligados a enmendar, año tras año, la carta astral de esa piedra en el ojo del mundo llamada Cuba.

 

Todo está en los inicios.-

 

Si aceptamos   que  “analizando el discurso inaugural de cualquier relación podemos predecir cómo será su desarrollo y su final”, una mirada a los tumultuosos comienzos de la era castrista  nos aporta elementos suficientes acerca de los cómo y los porqué del proceso cubano, aunque seamos conscientes de que tampoco, en este caso, estamos “descubriendo el Mediterráneo” -expresión muy utilizada por  mis compatriotas cuando tropiezan con una perogrullada.

Remontándonos someramente  a los años anteriores a 1953 –año del Asalto al Cuartel Moncada- podemos encontrar las pistas de un Fidel Castro con demostrados antecedentes gansteriles   y, que pueda probarse,   por lo menos   un asesinato  sobre sus espaldas: el de Fernández Caral, custodio de la Universidad de La Habana asesinado a mansalva por el joven estudiante de leyes Fidel Castro por el sólo hecho de prohibirle entrar armado al recinto universitario.

Son muchas las  historias que circulan alrededor de la frenética actividad “bonchera” desplegada por Castro en su época de estudiante y muchas hablan de su desmedida necesidad de poder, su afán por controlarlo todo y a todos; de   su portentosa memoria para los enemigos y su insaciable sed de venganza.  De comportamiento compulsivo, su mayor obsesión era  acceder al Palacio Presidencial de cualquier modo: deshaciéndose de los líderes universitarios que le hacían sombra, intentando desviar de su camino al Cementerio la comitiva fúnebre con los restos mortales del suicida  Eduardo R. Chivás,  dirigente   del Partido Ortodoxo, proponiendo utilizar el cadáver como ariete para derribar las puertas de Palacio y aprovechar   la indignación de los manifestantes… en fin, una larga lista de anécdotas que  abren un resquicio por el cual se podía entrever el porvenir.

Fidel Castro gozaba de amplias  antipatías  entre  sus condiscípulos; gracias a sus constantes fanfarronadas, no era aceptado dentro de los grupos de la inteligentsia universitaria; su aspecto desaliñado le granjeó motes como el de “Bolaechurre” y era  famoso por su costumbre de zafarle el cuerpo a cualquier confrontación directa, valiéndose de oscuridad y alevosía para solventar sus  querellas gansteriles  ¿Qué pasó? ¿Cómo, un hombre como éste, al que muchos de sus contemporáneos declaran haber conocido bien desde el principio, pudo alzarse con el poder absoluto y detentarlo por más de medio siglo? ¿Por qué, mentes de probada lucidez, no frenaron a tiempo lo que se avecinaba? Con total honestidad confieso que las preguntas continúan siendo más abundantes que las respuestas.

Al parecer, es cierto que, durante etapas,  la humanidad sucumbe a una suerte   de hipnosis o  ceguera colectiva que le impide discernir sobre lo que tiene  delante de sus propias narices. Esas lagunas o agujeros negros sensoriales pudieron ser la razón de que hechos   como el Holocausto, tan inexplicables desde el punto de vista del humanismo, ocurrieran ante la vista del mundo y muchos juren, todavía hoy, que no se  enteraron de nada. ¿Es esto posible? Quizá, puede ser. De cualquier modo, es mejor alternativa a la de  terminar convencidos de que los humanos somos básica, esencialmente malos, de que ningún esfuerzo por mejorar la especie vale la pena.

Hasta donde mi memoria alcanza –el 1ro. de enero de 1959 tenía cinco años y medio- el frenesí con el que se vivían los acontecimientos, al menos en La Habana, tenía  visos de  enorme e interminable aquelarre con tintes medievales, con la plena participación de una enfebrecida muchedumbre que, dato curioso, hasta la huída del derrocado presidente Fulgencio Batista, había mostrado una total apatía respecto a los “locos alzados”  en la Sierra Maestra y bastante enojo contra las guerrillas urbanas, integradas por miembros del Movimiento 26 de Julio, responsables de hacer volar por los aires  almacenes, cines, gasolineras, etc., lo cual enturbiaba el  desenfadado  ritmo  de la capital. Esos mismos apáticos, ahora  con las miradas extraviadas, las venas de los cuellos  a reventar, las gargantas enronquecidas de  corear consignas   que con los días fueron  agravándose, de buen grado trenzaban un enorme dogal en el que, inconsciente e inconsistente, la nación, enajenada, iba introduciendo la cabeza pidiéndole al Caballo, al Número Uno, que les apretara  la soga sin piedad mientras se entregaban sin freno ni medida al delirio de destrozar. En la apoteosis de su celebración revolucionaria, podían arremeter contra cualquier obstáculo que osara interponérseles, despedazando sin ningún miramiento, sin rastro de sentido común o capacidad de selección.   Cualquiera que por error se interpusiera  en su camino corría el riesgo de ser arrancado de cuajo de este mundo, tal como  de cuajo arrancaban los parquímetros de la acera. Allí, con perdón de ausentes y presentes, no había un ápice de alegría por la recién adquirida libertad; allí estaban, señoreándose, las más bajas pasiones de individuos primarios, sin capacidad para discernir. El gran  protagonista en esa  orgía  elemental  era el odio, oscuro, pegajoso y recuerdo, desde la inválida insignificancia de mi edad,  que tuve miedo, mucho miedo, aún sin entender qué pasaba, sentí  miedo, empecé a llorar y busqué    amparo en alguno de mis adultos, pero  a mi alrededor todos estaban ebrios, gozando de lo que consideraban su momento de gloria personal. Inmersos en la desoladora zarabanda, disfrutaban la vindicación de sus resentimientos.  La fiesta empezó a ser rociada con sangre y se sucedieron los fusilamientos con juicios sumarísimos, ampliamente difundidos en los medios de comunicación, televisados incluso. Pocos se hacían preguntas  y el “pueblo” seguía enervado, eufórico, consignero. ¿Hipnosis, ceguera colectiva? ¿Es cierto que cada país tiene el gobernante que merece? Quizá, puede ser, no es la primera vez que una nación entera se equivoca.

Volviendo a los más que revisados orígenes, no creo, contrariamente a lo que  han dado en concluir algunos estudiosos, que el Fidel Castro de 1959 tuviera un plan trazado de antemano para ganar tiempo y adeptos antes de confesarse marxista-leninista. Demasiado imbuido en su papel de redentor, el flamante guerrillero aún sin estrenar, pues jamás participó en ningún combate, no daba la impresión de  poseer  una estrategia definida.

Más bien  centró sus esfuerzos en adulterar datos que van desde el número de sobrevivientes de un naufragio -el del yate Gramma en 1956- reduciéndolos a la apostólica cifra de doce,  hasta el año de su propio nacimiento, con el fin de hacer coincidir su simbólica entrada a La Habana  con los 33 años que contaba  Jesús de Nazaret al ser crucificado.  Una gran escenografía cuidadosamente preparada que empezaba con los accesorios: rústicos crucifijos en los cuellos de los jóvenes rebeldes que bajaban de la Sierra, barbas y melenas sospechosamente bien cuidadas, imágenes de los santos más venerados   empotradas en las guerreras y, para rematar, la paloma blanca posándose sobre el hombro del Mesías, señalándole desde el cielo como el “Elegido”.  Sólo faltó Juan el Bautista para que el cuadro quedara completo y tras   toda esa parafernalia, el  mensaje inequívoco: ¡Miradme, he vuelto para salvarles!

¡Qué poco serio todo, qué poco creíble y, sin embargo, las gradas del circo rugieron, dando el visto bueno a la misa en escena!

Castro no pasaba de ser un orate mesiánico y grandilocuente, tan apto para realizar una libre adaptación del  libro Mi lucha, escrito por Adolfo Hitler  -y  los remito a su versión personal del libelo, titulada La Historia me absolverá, que en la actualidad no soportaría una revisión ni siquiera  del propio Fidel Castro- como  para apropiarse del lenguaje del Nuevo Testamento. Lo demás, lo hemos puesto nosotros que, tanto a favor como en contra, sobredimensionamos su locura y ayudamos a elevarla a la categoría de leyenda.

Una vez tuvo acceso a los medios de comunicación, otro paso significativo    fue el de crear en la conciencia de los cubanos una impagable deuda de gratitud. Aquellos ciudadanos que se entregaban sin reservas a la ordalía callejera debían saber que estaban disfrutando de los primeros peldaños de entrada al paraíso sin merecerlo: la revolución  era un regalo personal de Fidel Castro y, sin el más mínimo remordimiento, chantajeó   emocionalmente a “las masas”  alterando otra vez   la realidad. Lo consiguió  adulterando la plantilla de víctimas. Es vox populi que   la cuota de muertos aportados por  ambas partes contendientes durante todo el proceso insurreccional jamás superó el número de 2000. Sin  embargo, “Esta revolución que costó 20.000 mártires”, empezó a gravar sobre el inconsciente colectivo con  el    compromiso que implica el derramamiento de la “sangre generosa”. Claro que un hombre solo no pudo cometer tal cantidad de arbitrariedades y en esos desaforados inicios, Castro contó con el apoyo y la asesoría de ciertos talentos que contribuyeron a armar el desmesurado espantapájaros revolucionario. Estos brillantes “ingenieros en manipulación de masas” tampoco resultaron ilesos, pues el encumbrado caudillo   los  utilizó mientras les convino y una vez  las pautas del poder  se fueron asentando, los que tuvieron   suerte consiguieron poner tierra y mar de por medio, los que no, sucumbieron en las fauces del tigre que habían ayudado a alimentar.

 

¿Y ahora, qué?

 

¿Qué podemos  aportar al  circo más antiguo al que asiste el género humano?  De mi parte, por el momento, el sentimiento de vergüenza  ajena que conlleva reconocer que  esta atrocidad ha estado sucediendo  con el beneplácito de la mayor parte de las fuerzas vivas y más “civilizadas” del planeta, las que han aplaudido cuando nos han esquilmado, fusilado, perseguido, encarcelado; cuando hemos debido abandonarlo todo, absolutamente todo,    condenados al extrañamiento con el repudio y la incomprensión como  añadidos. Los que se han hecho eco de  ofensas y descalificaciones, sumándose de buen grado al coro de vociferantes cuando nos han llamado gusanos, traidores, escoria, mercenarios,  apátridas o agentes al servicio del enemigo. Los que, en el mejor de los casos,  han vuelto la cara hacia otro lado,  en la creencia de que    tan “elevadas metas” justifican medios tan ruines.

¿Qué ha pasado? ¿Qué pasará? ¿Por qué? ¿Cómo? ¿Hasta cuándo? Son preguntas   lógicas,  honestas, demasiado humanas quizá y es muy probable que ese haya sido nuestro mayor error: involucrarnos en racionalizar la locura aplicándole los mismos parámetros que se utilizan para entender y explicar  los normales cauces del  acontecer  en sociedades más abiertas, que si bien no son ni fueron  el nirvana, tampoco   poseían  una  estructuración estática y, por tanto, pudieron, paulatinamente, ir aceptando las improntas de los cambios políticos, tecnológicos, culturales, etc.  Sociedades de lenguaje más blando, que no  quedaron  entrampadas en la dureza de sus propios mensajes apocalípticos, asfixiadas por su sistema de gobierno  a partir de consignas en las que todo  sujeto puede variar circunstancialmente; todo, menos la inevitable alternativa: La Muerte. A partir de ese amenazador dictamen es imposible cualquier negociación y es preferible apelar a la separación forzosa, estableciendo una línea divisoria entre los Castro y toda su camarilla y la isla, lo que es Cuba en sí misma. Encapsular a los Castro y sus cultos tanáticos en el pasado y proyectar a Cuba y sus potenciales hacia el futuro, es un ejercicio de necesaria disociación para comenzar a extirpar sus nefastas consecuencias  de la psiquis de los cubanos, donde ha echado profundas raíces. Las únicas armas posibles son la entereza, la honestidad y la capacidad que tengamos para despojarnos de orgullos, deseos y  expectativas personales.  

Ninguno de los pronósticos hechos hasta el día de hoy se ha cumplido. La irrefutable realidad se alza ante nuestra mirada atónita y según se avanza en el tiempo, la única posibilidad  aceptable que se perfila en el horizonte es la desaparición física de ambos hermanos Castro en virtud del cumplimiento de  leyes biológicas de las que ningún tirano ha podido escapar. Esa es la luz  que podemos vislumbrar al final del túnel y la nueva pregunta sería ¿Estamos verdaderamente preparados para cuando esto suceda?   ¿Existe algún plan viable en el que podamos confiar para ser puesto en práctica de inmediato en cuanto el castrismo y su estruendoso fracaso deje de  abarcar en su totalidad el pasado y el presente? 

 Medio  siglo de dictadura ejerciendo poderes absolutos va unida a medio siglo de resistencia, disidencia y oposición. Varias generaciones han envejecido en el poder y otras varias también lo  han hecho oponiéndose a ese poder. Figuras emblemáticas de ambas orillas del conflicto han quedado en el camino y ya no ocupan un cuerpo físico en la tierra ¿Y entonces?

 La oposición a la dictadura castrista surgió en el mismo instante en que los rebeldes entraron a La Habana; las cárceles han permanecido repletas de opositores y disidentes;  las largas listas de asesinados y desaparecidos nunca han tenido  la debida resonancia por parte países e instituciones democráticas y defensoras de los Derechos Humanos en el mundo. La dictadura y su oposición han coexistido durante medio siglo y me pregunto ¿en qué punto del enfrentamiento se ha establecido idéntica resistencia de ambas partes, estableciendo casi un equilibrio, ya que no podemos aplicar  la denominación marxista de “unidad y lucha de contrarios”? Cincuenta años de dictadura. Cincuenta años de oposición; líderes envejecidos de un lado y del otro con un matiz diferenciable: la oposición se ha visto obligada, a  renovar constantemente  sus filas, mientras los dictadores deben apelar al baúl de los jubilados para repararlos y ponerlos en función. ¿Y entonces? ¿Cuál es el problema? ¿Cuáles sus soluciones?

El problema sigue siendo el mismo que cincuenta años atrás. La solución, al igual que sus inicios, continúa ensombrecida por el misterio. ¿Cómo va a terminar este despropósito?   Técnicamente, Fidel Castro ya no está en la primera línea de poder  aunque, como era de esperar,  ha hecho uso del principio de voluntariedad, colocando  en su lugar al hermano Raúl,  una lección de nepotismo al viejo estilo duvaleriano que ya no se practica ni en la República de Haití.  Inmediatamente se dispararon focos de poco fundadas esperanzas en que el Segundo Castro iniciara algunos movimientos  de cambio y los ha realizado, claro, deshaciéndose de los  más jóvenes con ciertos “vicios capitalistas”  y en su lugar, han vuelto las oscuras golondrinas, los confiables vejestorios de su entorno histórico.  Las fichas ya están colocadas en esta ruleta de  probabilidades y en cuanto a la sucesión del sucesor,  al parecer, tal como el nuevo jefe del equipo ha ido armando su novena de jugadores, en el banquillo no hay agentes de reserva, excepto, claro, que Mariela Castro se esté preparando para el relevo.

Las consignas continúan siendo el ventanuco por el que podemos asomarnos y tener un atisbo de por dónde van los tiros. Las viejas consignas triunfalistas han venido decayendo a la par que la testosterona de sus promulgadores:

Patria o Muerte. Revolución o Muerte. Socialismo o Muerte  y ahora destaca la más humillante de todas, la confesión a voces de un fracaso disfrazado de burlona arrogancia: ¡Ahorro o Muerte es la nueva llamada al heroísmo!

 

El cuadro de juego.-

 

 Por un lado nos encontramos con un régimen de viejos totalitarios  atrincherados en su temporal impunidad  y por el otro, con una oposición o disidencia fragmentada, competitiva entre sí,  sin  ningún referente sobre  los modos de operar en democracia pero, para empeorar el cuadro, sin manifestar  una clara voluntad de aprendizaje, de ahí su vulnerabilidad,   y desorientación.  Esas rémoras son visibles tanto en la oposición interna como en la externa,  en la cual resulta aún más llamativa y dramática, pues hombres y mujeres que viven en países de amplia cultura y tradición democrática, hacen gala de los modus operandi aprendidos durante su permanencia bajo el régimen dictatorial de los hermanos Castro y dedican la mayor parte de sus esfuerzos no a planificar una estrategia opositora, sino a intentar  descalificar a quienes se atrevan a exponer un punto de vista diferente y a defenestrar  a quienes, sencillamente, decidan que pueden  ser   escollos en sus carreras hacia la nueva repartición de poderes que se avecina.

Las ofensas, diatribas, vituperios y descalificaciones abundan en este lado ni más ni menos que enarbolando el sacrosanto derecho a la libertad de expresión y proliferan quienes  creen que la democracia te da el derecho a decir cualquier burrada y  obliga a “los demás” a escucharte sin derecho a réplica. Es, desgraciadamente, muy escaso el diálogo inteligente de esta orilla del conflicto. Existe, sí, y es valiosísimo justamente por su escasez.

En cuanto a los  principios sobre los que se ha prefigurado el movimiento de oposición interna,   están permeados de los mismos lastres y si en el exilio nos encontramos con una oposición francamente emocional, más reactiva que proactiva, en el interior de la isla nos hallamos con una oposición dividida también, plagada de desconfianza entre los unos y los otros y con un alto concepto del sacrificio personal, o sea, contaminada por las  consecuencias de un romanticismo tardío que todavía suele  apoyarse en los principios de que “Morir por la Patria es vivir”,  signados por un fatalismo que continúa cediéndole  a la Muerte la única posibilidad de victoria, el lugar que debe corresponderle a la inteligencia, la sagacidad, el instinto de conservación, la capacidad para configurar efectivas estrategias de resistencia. Son héroes. Es verdad. Muchos están dispuestos a perder la vida por sus convicciones y convertirse en mártires   pero, perder la vida es sólo eso, no importa  perderla en el nombre de la Patria. No importa, porque los muertos, eso lo hemos aprendido con creces, son demasiado útiles a los vivos y cuando  pasan  a engrosar el panteón de los inmolados,  adornan sus discursos y sirven de acicate para ensanchar los fondos de sus causas. ¿Qué tal si no fuera muy tarde para aprender a vivir por y para una Patria que en definitivas  necesita   activos? No sé  cuán hondo pueda haber calado esa mentalidad sacrificial en el inconsciente colectivo cubano, pero sí sé que vale la pena desestructurarla y empezar a sentirnos más orgullosos de los vivos y menos endeudados con la muerte.

Los Castro y su  pandilla están condenados a desaparecer y con ellos,  los vicios de autodestrucción sistemáticamente inculcados en la mente social de los isleños deberán desaparecer también, porque Cuba y los Castro no son lo mismo. Lo mejor de nosotros sigue ahí, incubando en la negación y la neo rebeldía que las nuevas generaciones ya traen incorporadas a su información genética. A esas nuevas generaciones, en las cuales el sentimentalismo por un pasado que realmente   nada tiene que ver con ellos brilla por su ausencia, les importan un bledo  los índices de bienestar alcanzados en  épocas de Batista, la Patria para ellos ya no es un dogal asfixiante, son irreverentes, pragmáticos, nada queda en ellos de los románticos que doblaron las espaldas para que Fidel Castro cimentara su feudo sobre ellas, o sea, eso que ahora podemos ver como  los “serios problemas de la juventud” es la baza con la que debemos contar si   queremos que los   problemas del futuro sean otros y no los mismos que nos han traído hasta aquí. Confío es esa rotunda negativa de los más jóvenes a continuar en el circos alimentando a las fieras, mientras los romanos de todo el mundo se regodean con  el crujir de los huesos y los borbotones de sangre de los sacrificados. Los que no creen ni a favor ni en contra en nuestro panteón de víctimas  se alejan y se burlan de esos vejetes con las rodillas temblonas y las prótesis flojas que, en su locura, juegan al monopolio de la revolución. Su tiempo se acabó, días más, días menos  no importa. Los jóvenes irreverentes e iconoclastas de hoy pueden, de un salto, ayudar a que la isla por fin sea devuelta a su   exacta medida, sin más alardosas pretensiones de convertirse en potencia mundial o en modelo de nada, ni para nadie, simplemente regresar al disfrute de la vida, dejándose lamer los flancos por las aguas del Trópico.

 

 

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Hoy, que llueve en Madrid, serenamente

Abril 26, 2009

En un día perfecto para las confesiones.  Ideal para una conversación íntima   que sólo tú y yo podemos mantener.  En este hablar sin juicios, sin condenar, apuntalándonos en la necesidad de comprender, quiero contarte  cosas de las que nunca escribo, no sé si por pudor o, porque a veces, pienso que no estás interesado en saber que hay detrás de las apariencias. Pero, ¿sabes?,  la lluvia de finales de abril  golpea la ventana y sé que hoy no vendrá nadie a visitarme, apenas sonará el teléfono una o dos veces y  los que pasan por mi calle lo hacen  de prisa, con esa mirada volcada hacia adentro que padecemos todos cuando lleve. Este es, pienso, un instante magnífico para hablar del Amor y otras reconstrucciones.

Nací en una isla que se dio el lujo de permitir que la Idea de Dios fuera la primera víctima condenada al destierro. Cuando crecí lo suficiente para hacer preguntas, a mi alrededor ya no había nadie que me contestara . Después, mucho después, supe que hubo hombres y mujeres llenos de verdadera fe. Hombres y mujeres que, por sostener su fe, murieron dignamente, padecieron las mazmorras, los gulags castristas y otras humillaciones. Todo eso es verdad, pero no lo sabía.

Recuerdo una tarde alamareña, en la terraza de un amigo chileno, con mi dos hijos y  otro grupo de amigos, aferrados a una película larguísima   en un vídeo que no mantenía la imagen fija y por tanto, fueron  horas siguiendo una trama desconocida a ritmo de parpadeo. No sabía por qué nos sometíamos a esa tortura -alguien Sí lo sabía- pero resistimos hasta el final las siete horas que duró  Jesús de Nazaret, el film de  Franco Zefirelli. Los que allí estaban, seguro que tampoco han olvidado.

En la cárcel, cuando el miedo me atenazó el estómago, tímidamente intenté apelar a un Dios  que no me era familiar y mi boca se trabó en el balbuceo de un Padre Nuestro que, para aumentar mi horror, tampoco me sabía.

Años más tarde, recién llegada al exilio, conocí a un matrimonio perfecto, con el hogar perfecto, la familia perfecta y sólidas y perfectas convicciones, avaladas por una fe cuyos votos eran renovados cada domingo en misa. Yo no sabía, no comprendía, pero les  admiraba y en secreto, aspiraba a que en algún momento, también mi vida fuera más o menos  así, cuando lograra reunir a toda mi familia. El día en que me enteré -apenas pasado un año- de que la familia perfecta mantenía su status gracias a desfondar sin piedad  la tarjeta de crédito del  bueno de su jefe, el alma y mucho más se me fue al piso.

Ha llovido demasiado dolor desde entonces. Lo “tenía todo”,  según la opinión de   buenos amigos y muy buenos “enemigos” también. No me faltaba nada de lo que casi todo el mundo aspira a tener. Reconocimiento público, trabajo bien remunerado, en fin… Lo tenía todo, según aquellos que no ven más allá de lo aparente. Es verdad. Dieron por supuesto que había llegado al cielo, al menos, a sus cielos aspiracionales…

Pasó el tiempo y pasó y pasó y volvió a pasar. Sangre, lágrimas, estupro,  corrupción, violencia, odios pasaban día a día ante mis ojos mientras cerraba la edición del diario en el que trabajaba con mi corazón cada vez más  entristecido. Al cerrar por las noches la puerta del apartamento de alquiler en el que me refugiaba,  una y otra vez las mismas preguntas sin respuestas: ¿Qué sentido tiene todo ésto? ¿En verdad, qué es lo que quiero? ¿Es para ésto para lo que salí de Cuba?

Los atentados del 9 de septiembre de 2001 en Nueva York pusieron la tapa a mi escuálido pomo:  aumentó mi desasosiego, mis exitos aumentaban también, pero nada llegaba a calmar esa agonía tan vieja como el mundo. Semanas después, como la letra de una canción olvidada, a mi memoria llegó el recuerdo de aquellas siete horas pestañeando en el portal alamareño, salí al viedo club y alquilé la película. La vi de un tirón, esta vez sin pestañeos, pero rociada con todas las lágrimas contenidas en mí durante años, siglos, quizá hasta milenios. El 2 de febrero de 2002, miré a mis compañeros, traté de verlo, de abarcarlo todo y con esa mirada llegó también una formulación un poco extraña: Tiene que haber otro modo de estar en el mundo. Tiene que haber otra manera de ver las cosas. Recogí mi abrigo, mi bolso, mis guantes y me fui, sí, me fui a la casa de quien aún hoy es mi mejor amigo.

-Dejé el trabajo -le dije, y a continuación, hablé sin parar de todas mis angustias, de todos mis quebrantos. Al terminar, mi amigo del alma me miró con cierto miedo:

-¿Y de qué vas a vivir, Iluminatis?

-Si lo que creo es cierto, o lo encuentro o me encuentra.- Fue lo único que pude responderle.

Entonces todo empezó a cambiar, no fuera, sino dentro de mí.  Cada pregunta empezó a llegar en orden justo y con cada una, llegaba la respuesta. Por eso quiero decirte a ti, que lo mereces: nadie nunca me quitó nada, no he perdido nada, todo está ahí. No me encogí, al contrario, comencé a crecer en otras direcciones. Aprendí que no importa lo que creas que pase: Dios está ahí aunque  no quieras verlo.

En ese  re-conocimiento que nada tiene que ver con sectas, grupos o instituciones religiosas al uso, está incluida Cuba, mi patria bienamada. Están incluidos todos,   nadie ha quedado fuera, también tú estás en ese Amor que me mueve,  por eso   no me justifico. No me defiendo porque no me siento atacada y para mí sólo existe un Juicio válido y digno de  confianza,   el único Juicio al que me someto a diario: al del Amor de Nuestro Padre por Su Hijo. Ahora, que ha dejado de llover, puedo decir te amo, así, a pesar de ti mismo, a pesar de este mundo cambiante. A pesar de su lema: Busca, pero no halles, puedo oler el amor en la tierra mojada y en los guijarros del jardín y tengo fe y confianza suficiente para amar cada lección, cada instrumento de aprendizaje. Tengo en este momento al borde de los labios la más bella plegaria para darte, no me importa después lo que hagas con ella, ésa es tu elección, pero confío en ti, aunque no te conozca o, quizá, porque te conozco demasiado. Ha dejado de llover en esta tarde. Es hora de partir, hora de acomodar los trastos del armario, de lavar la vajilla, de preparar la vida, la que empiza mañana.