Archivos para 7 mayo 2011

Respuesta sin respuestas

El debate surgido alrededor de mi más reciente artículo: Usama, vivo o muerto, ha dejado abiertos algunos interrogantes, razones suficientes para indagar, hasta donde se pueda.

En primer lugar, quiero decir, ya que no me siento en la obligación de aclarar, que el tratamiento de señor que utilizo para las réplicas, se debe al distanciamiento deliberado de las tendencias al chancleteo, del tuteo irreverente y del menoscabado término compañero, que se instauró en Cuba como otra fórmula para destruir el respeto que debe reinar entre humanos mientras continuemos habitando esta tierra.

En cuanto a que pueda yo incapacitar a alguien para ser humanista o militar, le digo al señor Orestes Lorenzo que puede sentirse tranquilo: no soy yo quien tiene poder para inhabilitar o incapacitar a nadie. Dado que las ideas no abandonan su fuente, cualquier intento de ataque iría, en primer lugar, contra mí misma y a estas alturas debe ser obvio que he aprendido a amarme lo suficiente.

En estos días he pensado mucho en poder como verbo infinitivo, lo he conjugado en todas las personas gramaticales para llegar a la conclusión de que poder es algo que nunca se tiene. No está en el pasado perfecto, ni imperfecto, ni pluscuamperfecto, como un hecho consumado; tampoco en el presente ni en el futuro. Es lo más parecido a una ilusión, tanto en su aspecto verbal como cuando lo imponemos como sustantivo. Es efímero, transitorio, tan inapresable como un quisiera o un me gustaría… El tan socorrido “Nosotros podemos” no pasa de ser una declaración de los deseos personales de alguien que incluye el mayestático nosotros para comprometernos. En fin, las palabras, habladas o escritas, son muy misteriosas y así como gozo de la voluntad de no herir ni agredir a nadie, no tengo el control para que los demás no elijan sentirse heridos o agredidos.

Pensando en el terror, terminé deambulando sobre terrenos arenosos. Vivimos subyugados por la dictadura del terror. Nos gustan demasiado las películas de “miedo”; y las tragedias, mucho más que las comedias. Cada segundo sucumbimos al terror a perder el trabajo, a ser rechazados, a no ser lo suficientemente ricos, bellos, exitosos; al cáncer, al Sida, a epidemias que van desde la A hasta la Z; a la vejez, a la soledad, a perder el crédito bancario…

La lista es tan larga, como efímero es el deseo de fabricar fortificaciones donde esconder nuestros terrores sin enfrentarlos. Somos crédulos por terror a asumir la auto responsabilidad, la cual gustosamente delegamos porque, a la larga, resulta más cómodo que otros se equivoquen en nuestro nombre. Sin embargo, no nos hacemos conscientes de que el terror es el verdadero y único amo de nuestras vidas diarias, desde que nos levantamos hasta que, aterrorizados por lo que pueda depararnos el día de mañana, intentamos dormir. ¿Dónde comenzó esta locura? Diría que con el comienzo mismo de los tiempos. ¿Quien se decide a ponerle freno? Muy lentamente, sí, pero de modo inexorable, muchos estamos saliendo de esa caverna platoniana para enfrentarnos no a un hombre, ni a un sistema determinado, sino a nuestro propio terror, a sus orígenes, que es el origen de todo lo demás. Es este caso, Usama, vivo o muerto, no es otra cosa que una declaración: un jefe terrorista muerto no acabará con el terror y puede, llegado el caso, convertirse en un aliado: a los fundamentalistas musulmanes les hacía falta un Ché Guevara y el “país más poderoso del mundo”, en un gesto de asombrosa debilidad, se los ha regalado en bandeja de plata. ¿Garantiza ese gesto el final del terrorismo armado, el cual, al parecer, es el único que identificamos, el único que nos hace reaccionar?

Cabrían otras preguntas que a su vez plantearían preguntas ad infinitum: ¿Quién tiró la primera piedra, dónde y cuándo? ¿Quién está dispuesto a replantearse la utilidad de un contragolpe antes de cargar su catapulta con piedras aún más grandes? ¿Un país “poderoso” crea enemigos “poderosos” también”? ¿Es tan “poderoso” un enemigo cuando puede ser abatido en soledad y desarmado?
Conste que no se trata de pacatería teológica, sino de pragmatismo. En algún rincón al que por terror no queremos mirar, están, acurrucados frotándose las manos, los que sin dudas se benefician de situaciones como éstas. Pero, así como un espectador del drama no puede enmendar el guión escrito por el autor por más que no le guste, sí tiene el derecho a proclamarlo a los cuatro vientos: Siempre, siempre, hay otra manera de hacer las cosas; otro modo de estar en este mundo. Ninguna fuerza exterior a nosotros mismos puede empujarnos a actuar de una sola y determinada manera, excepto, claro está, que por alguna oscura razón, esta forma de actuar nos beneficie. ¿En qué sitio escondimos al terrorista que habita en cada uno de nosotros?

Al final, podrán tocar la música que quieran, pero no obligarnos a bailar ni a aplaudirla. ¿Qué seguridad hemos ganado en los últimos días? ¿Qué aspecto del terror hemos podido derrotar?

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Usama, vivo o muerto

La parte de mí que aún pertenece a la manada empezó a incorporar el arribo a los aeropuertos del mundo con el abrigo a rastras por los suelos, los pantalones pugnando por caerse, los zapatos en una mano y la cara de idiota, ofreciendo disculpas por ser supuestamente culpable, a quienes hurgan en mis intimidades, revolcando bragas, escrutándome el iris para determinar por cuenta propia si yo, soy yo. Durante años he permanecido obediente y atenta a la expectativa de que en algún momento se implementen lectores de cerebro con altavoces que anuncien: “¡Esta mujer es quien parece ser y además, inocente!” En fin, como cualquier mortal, terminé encajándolo todo.
Lo más difícil de aceptar fue el perfil mutilado de Manhattan; lo demás, las intermitentes alarmas rojas, naranjas, amarillas advirtiendo de posibles ataques terroristas; la perspectiva de que el azar pueda aparcarme un día en el vagón, la tienda o edificio correctos y termine volando hecha trocitos por el aire, pasó a formar parte de la rutina diaria, consciente de que, en este mundo, buscar seguridad es otra de nuestras ficciones.
Me acostumbré a ser sospechosa de algo, de una esencia inasible, de los cambios de humor y la fluctuante percepción de quienes, en una milésima de segundo, pueden alterar mis planes, limitar el amor a parcelas cada vez más pequeñas y hasta truncar de raíz mis vínculos con el planeta. A todo esto y más que no menciono terminé acostumbrándome, mientras respiraba profundo y buscaba integrar el nuevo orden, concentrándolo en la boca de mi estómago. Adapté mis constantes vitales al fantasma de Usama, de quien sólo conocí lo que me han permitido quienes suministran datos con la precisión y la eficacia de un cuenta gotas enganchado a la vena: una imagen holográfica en la pantalla de los telediarios, en las portadas de los periódicos y en las bocas de quienes le alababan o le maldecían.
Lo único que me fue dado constatar con mis ojos es el enorme agujero en el cuerpo de esa hermosa mujer que se llama Manhattan, a quien el odio le cercenó los pechos, privándola de tres mil de sus glándulas, extendiendo el dolor, la culpabilidad y haciendo metástasis del miedo, a ella, la isla nativa del más exultante de los poetas: “¡Miradme, soy Walt Whitman, el Hijo de Manhattan!” Y yo, confieso enamorada, posicioné mi ira contra “el eje del mal”, maldije la maldad y la estulticia y lloré en los escombros de mi amada. Yo también, ¿por qué no? puedo ser una entidad manipulable. Pero los años pasan, la verdad es de corcho; las mentiras continúan luciendo piernas cortas…
Ahora pienso una, dos, tres veces, antes de entregar mi mente a ningún bando: “¡Nos han mentido tanto. Nos traicionaron tanto. La esperanza es tan frágil. Es tan frágil la tierra prometida…!”

El hombre más solitario de la tierra le está hablando a una cámara. Fuertemente posicionado detrás de su micrófono, el hombre está solo y dice que es un gran día porque han matado a Usama bin Laden. Fue una operación limitada y aséptica, agrega el hombre que sigue estando solo y se marcha enseñándome la endeblez de su espalda. No hay preguntas, no hay respuestas, hay sólo soledad.
Se supone que debemos creerle, lo contrario, sería políticamente incorrecto. Debemos dar por buena la foto manipulada que los paquistaníes se apresuraron en mostrar; debemos bendecir las contradictorias informaciones que en menos de veinticuatro horas aseguran una cosa y también lo contrario. Tras más de una década persiguiendo a un fantasma, cuarenta minutos bastaron para liquidarlo junto a cuatro personas. Sólo cuatro personas más. Han respetado -dicen- las leyes de la sharia lanzando el cadáver de bin Laden al mar y dan por supuesto que somos odiadores e ignorantes. Ahhh!!!, pero tienen el ADN de Usama, con eso debería bastarnos ¿por qué habremos de necesitar más?

Todo parece indicar que el helicóptero norteamericano se cayó de sus propios pies, o hélices, nada sabemos de su tripulación. Y de ahí en adelante y hacia atrás, cientos de cuentas mal engarzadas en un collar que no se sostiene por sí mismo. Pero aquí estamos, dispuestos a engordar tragándonoslo todo: los niños buenos no debemos dejar migajas en el plato.

Ahora la amenaza de ser atacados en cualquier lugar y circunstancia es mucho mayor que tres días atrás, dicen los mismos que dicen haber matado a Usama. No sabemos cómo ni por dónde la fiera lanzará su próximo zarpazo, estamos a merced de quienes nos ofrecen protección, además de exigirnos que permanezcamos vigilantes.
El terrorismo del terror avanza a pasos agigantados sobre nuestros techos, haciendo de nuestro corazón un músculo distrófico, impotente, pero debemos continuar arrastrando el fantasma de Usama, no nos es dado más. No tenemos derecho. Vivo o muerto, ahí está. La verdad es posible que llegue con el fin de este tiempo, en el cual, ser los supervivientes será nuestra mayor victoria.

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