Archivos para 27 septiembre 2009

¡Toma castaña!

Dicen que Dios protege a los inocentes, a los borrachos y doy por supuesto que a los idiotas, también. ¿Cómo, sino, un grupo de artistas, la mayoría ya pasados de popularidad, pueden sentirse satisfechos con dar ese pobre des-concierto en La Habana?  Es posible que asumieran el “reto de cantar en la boca del lobo” para relanzar sus  carreras, creídos y engreídos, de que, a Ellos, el viejo lobo no les enseñaría los dientes. Pues, ¡Toma castaña!

Cuando escribí Sobre leyes y des-conciertos,  lo que menos me importaba era la atuación de quienes, disfrazados bajo la felpuda oveja de las buenas intenciones, se reunirían para cantar en la base de la Raspadura, a los pies de un Martí escandalizado por la porbreza estética del acto mismo. Lo que me  puso el vello como escarpia fue la mentalidad de barbacoa de algunos sectores del exilum tremens y su manía, dale que te pego, de imitar los modos de hacer del “otro lado” y allá  se van, con los improperios, las amenazas y las piras de lo que sea, discos, libros, películas, camisas, etc., etc…

 Eso ya pasó, aunque, mirándolo bien, lo peor no fue el concierto, lo peor, lo verdaderamente atrabiliario, es lo que ha venido después y, no obstante, ahora todos parecen conformes y embobados con los vídeos “clandestinos” en el lobby del hotel isleño y con las pos declaraciones  de los artistas una vez  dejaron atrás La Habana, sus secuelas y sus secuaces. Y es que, encontrar   téminos medios en este batiburrillo de emociones, es tarea para Hércules.

 Ahora refulge  bajo  las luces de los variopintos platós   la supina ignorancia política de esos neo salvadores, que aterrizaron en el aeropuerto habanero con más  desconocimiento que ropa en sus equipajes. Nada sabían de la realidad de la isla, nada de nada,     pero regresaron iluminadísimos todos,  poseedores de la verdad, más absoluta que el Abssolut Vodka.  “Los cubanos son alegres -dicen- son divertidos” -aseguran.  ¡Han descubierto  el agua tibia!, olvidando que la mayor parte de su popularidad se la deben a los cubanos, que son los mismos, queridos míos, estén en Miami o en Tumbuctú.

 “¡Los cubanos sólo piden que se levante el embargo, aunque sea a las medicinas!” ¡Upsss! Premio a la ignorancia, en la isla siempre han recibido medicinas y artículos de primera necesidad, que el régimen vende a los turistas sin preocuparse de quitarles el sello, sea  de Cáritas,   o de San Juan de los Palotes. “Los cubanos piden a sus hermanos exiliados que los ayuden” ¡Otra vez, Upss! ¿Y que hemos estado haciendo hasta ahora? ¿Es que no saben que más del 80 % de la economía cubana depende de las ayudas de los gusanos, vende patrias y traidores que somos, los únicos  capaces de pasar por  alto nuestros resentimientos y dolores?  ¿Acaso  Olga Tañón, que esgrime su fé Católica para justificar  silencios y omisiones, no pudo recordarle a los que claman por nuestra  ayuda uno de los  refranes populares más válidos hasta hoy: “Dios dice: ayúdate, que yo te ayudaré”? 

Es que, oyéndoles    me vienen ganas de parodiar a Juan Carlos de Borbón. ¿Ya cantaron, o berrearon, o lo que sea? Bueno, y ahora: “Por qué no se callan”?

Ninguno habla de lo que sucedió en el hotel, ni de la “cola de vigilancia” que llebaban donde quiera que iban. Nadie menciona el ataque de histeria de Miguel Bosé que, por cierto, me dejó de una pieza con eso de que “¿Por qué nos hacen esto a nosotros? ¿Por qué nos persionan? ¡Por qué no entienden que somos lo mejor que les ha pasado!”  ¡Toma castaña, Miguelito? ¿Quiénes y qué te hicieron? ¿Con qué te presionaron? ¿Acaso intentaron chantajearte? O, los divertidos segurosos, que al fin y al cabo también son cubanos, tuvieron el mal gusto de gritarte: “¡No invente, Papito, que no va´a bailar!”

¿Tienes idea, Miguel Bosé, de cuántos de nosotros  hemos vivido años de parecida desesperación, pero por razones muy diferentes y sin pasaporte ni billete  para la huida? No, seguro que ni aún así tienes idea de lo que es, por eso no me apeno, no, no me apeno. ¡Toma castaña! -Repito- para que no sigas creyendo que eres especial y que los verdugos tendrán en cuenta tu “heróico gesto” de ir a cantarle al “pueblo”, sustantivo que para mí resulta hondamente sospechoso  porque, ¡mira que en nombre del pueblo se han  cometido atrocidades sin nombre!, y para ellos, los gerifaltes de una dictadura que tú, inocente, borracho o idiota, no lo sé, pensaste te tratarían como a un  Deus Ex Machina dispuesto a salvar escollos micrófono en mano, para ellos, es hora que de que te enteres, ese mismo pueblo sólo es digno de desprecio.

Que ¿Por qué a ustedes? ¿Y por qué no? -Digo yo- si nos lo han hecho a quienes hemos nacido y crecido allí, por qué ustedes iban a hacer la diferencia.  Dices que   son “lo mejor que les ha pasado”,   ¿a quiénes y por qué?, ¿de dónde te viene ese conocimiento de nuestra historia?,  me pregunto, después de revisar una larga lista de muertos y olvidados que también   creyeron ser lo mejor que les había pasado a la tiranía, ignorando que, dado su alto componente Narcisista, lo más plus que les ha sucedido a ellos, son ellos mismos. ¡Toma castañazo, tío! Cincuenta años dan para mucho y, como dice Paquito de Rivera, “Estamos hastas los mismos cataplines de que siempre llegue alguien a tratar de enseñarnos cómo hacer bien las cosas,  oiga: que el tiempo de la colonización y la conquista ya pasó, así es que,  a llorar, a otra parte.”

 

 

 

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SOBRE LEYES Y DES-CONCIERTOS…

Resulta curioso que, pese a su complejidad,  a los humanos se nos dé más fácil asimilar las leyes  pensadas y escritas por los hombres -en genérico,  por aquello de lo políticamente correcto- y podamos discurrir largo y tendido sobre lo que  creemos está bien o mal, es justo o injusto y hasta el grado de punibilidad de los individuos según  valoramos la magnitud del delito  y, sin embargo, nos resulta casi imposible la aceptación de leyes mucho más antiguas, más sencillas y que tienen la virtud de cumplirse las conozcamos o no; estemos o no dispuestos a aplicarlas. Están ahí, son tangibles, no hace falta tocar el arpa  a tres metros del suelo para que las Leyes del Universo  hagan acto de presencia en  cada segundo de nuestras vidas.  Por ejemplo,   la más    conocida de estas leyes universales: la Ley de Gravedad. Si empujáramos desde lo alto de una azotea al peor de los asesinos y al más santo de los mortales, ¿alguien duda que ambos cuerpos físicos, sin distinción, terminarían contra el pavimiento? Sé que es un ejemplo extremo, pero funciona y a quien no lo crea, no se le aconseja ponerlo a prueba. Pues bien, el resto de estas Leyes actúan con la misma infalibilidad, tanto, que están siendo contrastadas por los especialistas en Física Quántica.

Este preámbulo está relacionado con el des-concierto que me produce la reacción de algunos de mis compatriotas acerca de un colombianito cuya “Camisa negra” no sobrepasa la talla S  y que actuará en Cuba, en la Plaza de la “Robolución” -no sé a quién le estoy usurpando el copy right, pero ofrezco disculpas de antemano-  próximamente.  Por lo que leo y escucho, en virtud de una de esas Leyes, la de Polaridad, a este señor se le está promocionando de lo lindo  sin que le cueste un céntimo y si estaba predestinado al olvido, como es casi seguro,  a causa de la misma maquinaria fagocitadora que lo lanzó a la fama, ahora  quizá debamos soportar sus “camisas negras” unos cuantos años más, amén de la añadida  leyenda sobre  hogueras con discos y camisas.  Quiero aclarar que no  tengo nada en su contra, porque me sentiría obligada a tenerlo contra unos cuantos  miles de transitoriedades,    de esos “rellenos” que surgen entre una verdad y otra pero, lo curioso es que tampoco tengo nada a su favor. En mi círculo de intereses  ocupó un lugar menos que nulo, hasta que, claro, surgió el escándalo y con él, otra poderosa Ley: la de Atracción.

Las imágenes de la quema de sus discos dispararon en mi memoria  visiones muy similares de épocas y costumbres que nos haría mucho bien no imitar. Nada hay entre el cielo y la tierra que justifique   achicharrar libros, discos, cuadros, etc., ni siquiera por razones estéticas. Esas son actitudes que nos acercan demasiado a los procesos de la  poco santa Inquisición, al fascismo, al castrismo y a casi todos los sistemas de los que la historia tiene sobradas razones para avergonzarse.

Si el susodicho cantante está dispuesto a presentarse en Cuba y no lo podemos evitar, ¿para qué entonces darle gas a su carrera? ¿Por qué no ahogarlo promoviendo un concierto en Favor de la Democracia en la Isla en el cual intervengan lo mejor y más granado de nuestros artistas en el exilio y todos los internacionales que se respeten y deseen participar? Está visto que la basura no se tapa echándole más basura encima.

De veras no entiendo por qué nos sentimos tan amenazados  si, en cincuenta años de dictadura, se han dado en Cuba no sé cuántos conciertos, espectáculos, festivales, etc. y, por cierto, ¿qué honorables miembros del exilio de los últimos veinticincos años se atreven a jurar sobre la Biblia que jamás fueron al Festival de la Canción de Varadero, al Festival de Cine de La Habana, a los conciertos de S. R. en la misma Plaza, al ballet de A. A., al Teatro K. M. o, en última instancia, quién no movió los pies al ritmo de aquel venezolano,  cuando inflamó Cuba de arriba a abajo pidiendo que “le dieran más cable”? Vamos, señores -y señoras, por supuesto- seamos mínimamente honrados, y cuidadosos también, no debemos olvidar que, como dice el  dicho: “Rasga la piel de un extremista y te encontrarás a un oportunista”. Más serenidad y menos entusiasmo por la quemazón, la práctica demuestra que no resulta, a menos que  el efecto que algunos oportunamente estén buscando sea el de endiosar la pacotilla y, como dice  Doña Lázara, una de las mujeres más sabias que conozco: “Eso es hacerle el juego a los verdugos de “allá” o, a lo peor, hacerles caso.”  Si lo que sentencia la Doña fuera cierto, no me quedaría otro remedio que clamar a Cielo y pedir: “De la Cuba futura líbreme Dios, que de la presente, me libro yo.” Amén.

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CUBA: UNA PIEDRA EN EL OJO DEL MUNDO

 

  Artículo publicado en la revista EL NOTICIERO DE LAS IDEAS, # 39, julio de 2009

 

Por María Elena Cruz Varela

 

Salvedad necesaria.-

 

Para mí  -y ofrezco disculpas por personalizar- reconocer que en los cincuenta años que perdura la dictadura de los hermanos Castro en Cuba,  he perdido muchas cosas y sin embargo, maravillas de la paradoja, también he ganado algunas como, por ejemplo,  sobreponerme a mi propio dolor por la separación, la distancia, el “nunca más volveré a ver a mi padre” -a quien tampoco pude acompañar en sus últimos días-  es el resultado de un  diario ejercitar la voluntad de vivir, de abrirme paso en medio del lacerante desmembramiento, hasta lograr  descontextualizarlo,  de tal modo que, aunque haya sido  causado por la misma razón, hoy puedo separar las parcelas de mis experiencias personales, sacándolas del ámbito gran-tragedia-nacional, donde las tuve  inscritas   hasta que descubrí que  entorpecían mi capacidad para reflexionar con la imprescindible serenidad que aporta la distancia física y  la templanza de las emociones.  Despersonalizar Cuba y verla como el-hecho-en-sí, dejar de  observarla desde la incómoda butaca de la pobrecita víctima,  me ha ayudado a pensar con mucha más libertad sobre  nuestras características y circunstancias, lo cual no quiere decir que haya dejado de formar parte de la  honrosa lista de quienes nos equivocamos en nuestras apreciaciones, sino que le he perdido completamente el miedo a equivocarme y con ello he ganado en invulnerabilidad ante los intentos de ataque por parte de ciertos sectores. No escribo para decir grandes cosas del agrado de todos y no me interesa la mayoría absoluta en nada ni por nada. La historia ha demostrado que las mayorías se equivocan  mayoritariamente y lo que pienso, digo, o escribo, no aspira a mucho más que a plasmar  mis opiniones, asumiendo el riesgo que toda opinión encierra. Una vez hecha la salvedad, queda claro que usted  es tan libre como yo para no estar de acuerdo.

 

En busca de la razón perdida.

 

Tras leer  documentadas opiniones y contrastarlas con otras  versadas opiniones también, llego a la  poco halagadora  conclusión de que  sobre el tema Cuba, a pesar de los ríos de tinta,  kilómetros de celuloide y cataratas de palabras vertidas en esta media centuria,  seguimos sin saber  prácticamente nada y este  no saber,    es  un reflejo de lo que, sin suceder, sucede en la isla.

Los estudiosos que han logrado sobrevivir en el tiempo a la dictadura, continúan con todas sus herramientas enfocadas hacia el fenómeno caribeño y, aún contando con las más  avanzadas técnicas de   investigación y sondeo, sólo pueden aproximarse por comparación a otros procesos y, en el mejor de los casos,   realizar sus proyecciones a partir de experiencias tales como las de Europa del Este. Más allá de nuestra buena voluntad, debemos  aceptar que ese pequeño país hispanohablante, de clima tórrido y dado a la jarana aún en las peores circunstancias, no tuvo ni  tiene que ver  histórica,  sicológica y sociológicamente,  con los países que formaban el bloque socialista antes de la caída del Muro de Berlín  en los cuales, dicho sea de paso, los modos de encarar la transición y sus consecuencias difieren bastante entre unos y otros. Los más eminentes historiadores, economistas, politólogos y demócratas  han devenido, a fuerza de tropezar con el absurdo, en humildes futurólogos obligados a enmendar, año tras año, la carta astral de esa piedra en el ojo del mundo llamada Cuba.

 

Todo está en los inicios.-

 

Si aceptamos   que  “analizando el discurso inaugural de cualquier relación podemos predecir cómo será su desarrollo y su final”, una mirada a los tumultuosos comienzos de la era castrista  nos aporta elementos suficientes acerca de los cómo y los porqué del proceso cubano, aunque seamos conscientes de que tampoco, en este caso, estamos “descubriendo el Mediterráneo” -expresión muy utilizada por  mis compatriotas cuando tropiezan con una perogrullada.

Remontándonos someramente  a los años anteriores a 1953 –año del Asalto al Cuartel Moncada- podemos encontrar las pistas de un Fidel Castro con demostrados antecedentes gansteriles   y, que pueda probarse,   por lo menos   un asesinato  sobre sus espaldas: el de Fernández Caral, custodio de la Universidad de La Habana asesinado a mansalva por el joven estudiante de leyes Fidel Castro por el sólo hecho de prohibirle entrar armado al recinto universitario.

Son muchas las  historias que circulan alrededor de la frenética actividad “bonchera” desplegada por Castro en su época de estudiante y muchas hablan de su desmedida necesidad de poder, su afán por controlarlo todo y a todos; de   su portentosa memoria para los enemigos y su insaciable sed de venganza.  De comportamiento compulsivo, su mayor obsesión era  acceder al Palacio Presidencial de cualquier modo: deshaciéndose de los líderes universitarios que le hacían sombra, intentando desviar de su camino al Cementerio la comitiva fúnebre con los restos mortales del suicida  Eduardo R. Chivás,  dirigente   del Partido Ortodoxo, proponiendo utilizar el cadáver como ariete para derribar las puertas de Palacio y aprovechar   la indignación de los manifestantes… en fin, una larga lista de anécdotas que  abren un resquicio por el cual se podía entrever el porvenir.

Fidel Castro gozaba de amplias  antipatías  entre  sus condiscípulos; gracias a sus constantes fanfarronadas, no era aceptado dentro de los grupos de la inteligentsia universitaria; su aspecto desaliñado le granjeó motes como el de “Bolaechurre” y era  famoso por su costumbre de zafarle el cuerpo a cualquier confrontación directa, valiéndose de oscuridad y alevosía para solventar sus  querellas gansteriles  ¿Qué pasó? ¿Cómo, un hombre como éste, al que muchos de sus contemporáneos declaran haber conocido bien desde el principio, pudo alzarse con el poder absoluto y detentarlo por más de medio siglo? ¿Por qué, mentes de probada lucidez, no frenaron a tiempo lo que se avecinaba? Con total honestidad confieso que las preguntas continúan siendo más abundantes que las respuestas.

Al parecer, es cierto que, durante etapas,  la humanidad sucumbe a una suerte   de hipnosis o  ceguera colectiva que le impide discernir sobre lo que tiene  delante de sus propias narices. Esas lagunas o agujeros negros sensoriales pudieron ser la razón de que hechos   como el Holocausto, tan inexplicables desde el punto de vista del humanismo, ocurrieran ante la vista del mundo y muchos juren, todavía hoy, que no se  enteraron de nada. ¿Es esto posible? Quizá, puede ser. De cualquier modo, es mejor alternativa a la de  terminar convencidos de que los humanos somos básica, esencialmente malos, de que ningún esfuerzo por mejorar la especie vale la pena.

Hasta donde mi memoria alcanza –el 1ro. de enero de 1959 tenía cinco años y medio- el frenesí con el que se vivían los acontecimientos, al menos en La Habana, tenía  visos de  enorme e interminable aquelarre con tintes medievales, con la plena participación de una enfebrecida muchedumbre que, dato curioso, hasta la huída del derrocado presidente Fulgencio Batista, había mostrado una total apatía respecto a los “locos alzados”  en la Sierra Maestra y bastante enojo contra las guerrillas urbanas, integradas por miembros del Movimiento 26 de Julio, responsables de hacer volar por los aires  almacenes, cines, gasolineras, etc., lo cual enturbiaba el  desenfadado  ritmo  de la capital. Esos mismos apáticos, ahora  con las miradas extraviadas, las venas de los cuellos  a reventar, las gargantas enronquecidas de  corear consignas   que con los días fueron  agravándose, de buen grado trenzaban un enorme dogal en el que, inconsciente e inconsistente, la nación, enajenada, iba introduciendo la cabeza pidiéndole al Caballo, al Número Uno, que les apretara  la soga sin piedad mientras se entregaban sin freno ni medida al delirio de destrozar. En la apoteosis de su celebración revolucionaria, podían arremeter contra cualquier obstáculo que osara interponérseles, despedazando sin ningún miramiento, sin rastro de sentido común o capacidad de selección.   Cualquiera que por error se interpusiera  en su camino corría el riesgo de ser arrancado de cuajo de este mundo, tal como  de cuajo arrancaban los parquímetros de la acera. Allí, con perdón de ausentes y presentes, no había un ápice de alegría por la recién adquirida libertad; allí estaban, señoreándose, las más bajas pasiones de individuos primarios, sin capacidad para discernir. El gran  protagonista en esa  orgía  elemental  era el odio, oscuro, pegajoso y recuerdo, desde la inválida insignificancia de mi edad,  que tuve miedo, mucho miedo, aún sin entender qué pasaba, sentí  miedo, empecé a llorar y busqué    amparo en alguno de mis adultos, pero  a mi alrededor todos estaban ebrios, gozando de lo que consideraban su momento de gloria personal. Inmersos en la desoladora zarabanda, disfrutaban la vindicación de sus resentimientos.  La fiesta empezó a ser rociada con sangre y se sucedieron los fusilamientos con juicios sumarísimos, ampliamente difundidos en los medios de comunicación, televisados incluso. Pocos se hacían preguntas  y el “pueblo” seguía enervado, eufórico, consignero. ¿Hipnosis, ceguera colectiva? ¿Es cierto que cada país tiene el gobernante que merece? Quizá, puede ser, no es la primera vez que una nación entera se equivoca.

Volviendo a los más que revisados orígenes, no creo, contrariamente a lo que  han dado en concluir algunos estudiosos, que el Fidel Castro de 1959 tuviera un plan trazado de antemano para ganar tiempo y adeptos antes de confesarse marxista-leninista. Demasiado imbuido en su papel de redentor, el flamante guerrillero aún sin estrenar, pues jamás participó en ningún combate, no daba la impresión de  poseer  una estrategia definida.

Más bien  centró sus esfuerzos en adulterar datos que van desde el número de sobrevivientes de un naufragio -el del yate Gramma en 1956- reduciéndolos a la apostólica cifra de doce,  hasta el año de su propio nacimiento, con el fin de hacer coincidir su simbólica entrada a La Habana  con los 33 años que contaba  Jesús de Nazaret al ser crucificado.  Una gran escenografía cuidadosamente preparada que empezaba con los accesorios: rústicos crucifijos en los cuellos de los jóvenes rebeldes que bajaban de la Sierra, barbas y melenas sospechosamente bien cuidadas, imágenes de los santos más venerados   empotradas en las guerreras y, para rematar, la paloma blanca posándose sobre el hombro del Mesías, señalándole desde el cielo como el “Elegido”.  Sólo faltó Juan el Bautista para que el cuadro quedara completo y tras   toda esa parafernalia, el  mensaje inequívoco: ¡Miradme, he vuelto para salvarles!

¡Qué poco serio todo, qué poco creíble y, sin embargo, las gradas del circo rugieron, dando el visto bueno a la misa en escena!

Castro no pasaba de ser un orate mesiánico y grandilocuente, tan apto para realizar una libre adaptación del  libro Mi lucha, escrito por Adolfo Hitler  -y  los remito a su versión personal del libelo, titulada La Historia me absolverá, que en la actualidad no soportaría una revisión ni siquiera  del propio Fidel Castro- como  para apropiarse del lenguaje del Nuevo Testamento. Lo demás, lo hemos puesto nosotros que, tanto a favor como en contra, sobredimensionamos su locura y ayudamos a elevarla a la categoría de leyenda.

Una vez tuvo acceso a los medios de comunicación, otro paso significativo    fue el de crear en la conciencia de los cubanos una impagable deuda de gratitud. Aquellos ciudadanos que se entregaban sin reservas a la ordalía callejera debían saber que estaban disfrutando de los primeros peldaños de entrada al paraíso sin merecerlo: la revolución  era un regalo personal de Fidel Castro y, sin el más mínimo remordimiento, chantajeó   emocionalmente a “las masas”  alterando otra vez   la realidad. Lo consiguió  adulterando la plantilla de víctimas. Es vox populi que   la cuota de muertos aportados por  ambas partes contendientes durante todo el proceso insurreccional jamás superó el número de 2000. Sin  embargo, “Esta revolución que costó 20.000 mártires”, empezó a gravar sobre el inconsciente colectivo con  el    compromiso que implica el derramamiento de la “sangre generosa”. Claro que un hombre solo no pudo cometer tal cantidad de arbitrariedades y en esos desaforados inicios, Castro contó con el apoyo y la asesoría de ciertos talentos que contribuyeron a armar el desmesurado espantapájaros revolucionario. Estos brillantes “ingenieros en manipulación de masas” tampoco resultaron ilesos, pues el encumbrado caudillo   los  utilizó mientras les convino y una vez  las pautas del poder  se fueron asentando, los que tuvieron   suerte consiguieron poner tierra y mar de por medio, los que no, sucumbieron en las fauces del tigre que habían ayudado a alimentar.

 

¿Y ahora, qué?

 

¿Qué podemos  aportar al  circo más antiguo al que asiste el género humano?  De mi parte, por el momento, el sentimiento de vergüenza  ajena que conlleva reconocer que  esta atrocidad ha estado sucediendo  con el beneplácito de la mayor parte de las fuerzas vivas y más “civilizadas” del planeta, las que han aplaudido cuando nos han esquilmado, fusilado, perseguido, encarcelado; cuando hemos debido abandonarlo todo, absolutamente todo,    condenados al extrañamiento con el repudio y la incomprensión como  añadidos. Los que se han hecho eco de  ofensas y descalificaciones, sumándose de buen grado al coro de vociferantes cuando nos han llamado gusanos, traidores, escoria, mercenarios,  apátridas o agentes al servicio del enemigo. Los que, en el mejor de los casos,  han vuelto la cara hacia otro lado,  en la creencia de que    tan “elevadas metas” justifican medios tan ruines.

¿Qué ha pasado? ¿Qué pasará? ¿Por qué? ¿Cómo? ¿Hasta cuándo? Son preguntas   lógicas,  honestas, demasiado humanas quizá y es muy probable que ese haya sido nuestro mayor error: involucrarnos en racionalizar la locura aplicándole los mismos parámetros que se utilizan para entender y explicar  los normales cauces del  acontecer  en sociedades más abiertas, que si bien no son ni fueron  el nirvana, tampoco   poseían  una  estructuración estática y, por tanto, pudieron, paulatinamente, ir aceptando las improntas de los cambios políticos, tecnológicos, culturales, etc.  Sociedades de lenguaje más blando, que no  quedaron  entrampadas en la dureza de sus propios mensajes apocalípticos, asfixiadas por su sistema de gobierno  a partir de consignas en las que todo  sujeto puede variar circunstancialmente; todo, menos la inevitable alternativa: La Muerte. A partir de ese amenazador dictamen es imposible cualquier negociación y es preferible apelar a la separación forzosa, estableciendo una línea divisoria entre los Castro y toda su camarilla y la isla, lo que es Cuba en sí misma. Encapsular a los Castro y sus cultos tanáticos en el pasado y proyectar a Cuba y sus potenciales hacia el futuro, es un ejercicio de necesaria disociación para comenzar a extirpar sus nefastas consecuencias  de la psiquis de los cubanos, donde ha echado profundas raíces. Las únicas armas posibles son la entereza, la honestidad y la capacidad que tengamos para despojarnos de orgullos, deseos y  expectativas personales.  

Ninguno de los pronósticos hechos hasta el día de hoy se ha cumplido. La irrefutable realidad se alza ante nuestra mirada atónita y según se avanza en el tiempo, la única posibilidad  aceptable que se perfila en el horizonte es la desaparición física de ambos hermanos Castro en virtud del cumplimiento de  leyes biológicas de las que ningún tirano ha podido escapar. Esa es la luz  que podemos vislumbrar al final del túnel y la nueva pregunta sería ¿Estamos verdaderamente preparados para cuando esto suceda?   ¿Existe algún plan viable en el que podamos confiar para ser puesto en práctica de inmediato en cuanto el castrismo y su estruendoso fracaso deje de  abarcar en su totalidad el pasado y el presente? 

 Medio  siglo de dictadura ejerciendo poderes absolutos va unida a medio siglo de resistencia, disidencia y oposición. Varias generaciones han envejecido en el poder y otras varias también lo  han hecho oponiéndose a ese poder. Figuras emblemáticas de ambas orillas del conflicto han quedado en el camino y ya no ocupan un cuerpo físico en la tierra ¿Y entonces?

 La oposición a la dictadura castrista surgió en el mismo instante en que los rebeldes entraron a La Habana; las cárceles han permanecido repletas de opositores y disidentes;  las largas listas de asesinados y desaparecidos nunca han tenido  la debida resonancia por parte países e instituciones democráticas y defensoras de los Derechos Humanos en el mundo. La dictadura y su oposición han coexistido durante medio siglo y me pregunto ¿en qué punto del enfrentamiento se ha establecido idéntica resistencia de ambas partes, estableciendo casi un equilibrio, ya que no podemos aplicar  la denominación marxista de “unidad y lucha de contrarios”? Cincuenta años de dictadura. Cincuenta años de oposición; líderes envejecidos de un lado y del otro con un matiz diferenciable: la oposición se ha visto obligada, a  renovar constantemente  sus filas, mientras los dictadores deben apelar al baúl de los jubilados para repararlos y ponerlos en función. ¿Y entonces? ¿Cuál es el problema? ¿Cuáles sus soluciones?

El problema sigue siendo el mismo que cincuenta años atrás. La solución, al igual que sus inicios, continúa ensombrecida por el misterio. ¿Cómo va a terminar este despropósito?   Técnicamente, Fidel Castro ya no está en la primera línea de poder  aunque, como era de esperar,  ha hecho uso del principio de voluntariedad, colocando  en su lugar al hermano Raúl,  una lección de nepotismo al viejo estilo duvaleriano que ya no se practica ni en la República de Haití.  Inmediatamente se dispararon focos de poco fundadas esperanzas en que el Segundo Castro iniciara algunos movimientos  de cambio y los ha realizado, claro, deshaciéndose de los  más jóvenes con ciertos “vicios capitalistas”  y en su lugar, han vuelto las oscuras golondrinas, los confiables vejestorios de su entorno histórico.  Las fichas ya están colocadas en esta ruleta de  probabilidades y en cuanto a la sucesión del sucesor,  al parecer, tal como el nuevo jefe del equipo ha ido armando su novena de jugadores, en el banquillo no hay agentes de reserva, excepto, claro, que Mariela Castro se esté preparando para el relevo.

Las consignas continúan siendo el ventanuco por el que podemos asomarnos y tener un atisbo de por dónde van los tiros. Las viejas consignas triunfalistas han venido decayendo a la par que la testosterona de sus promulgadores:

Patria o Muerte. Revolución o Muerte. Socialismo o Muerte  y ahora destaca la más humillante de todas, la confesión a voces de un fracaso disfrazado de burlona arrogancia: ¡Ahorro o Muerte es la nueva llamada al heroísmo!

 

El cuadro de juego.-

 

 Por un lado nos encontramos con un régimen de viejos totalitarios  atrincherados en su temporal impunidad  y por el otro, con una oposición o disidencia fragmentada, competitiva entre sí,  sin  ningún referente sobre  los modos de operar en democracia pero, para empeorar el cuadro, sin manifestar  una clara voluntad de aprendizaje, de ahí su vulnerabilidad,   y desorientación.  Esas rémoras son visibles tanto en la oposición interna como en la externa,  en la cual resulta aún más llamativa y dramática, pues hombres y mujeres que viven en países de amplia cultura y tradición democrática, hacen gala de los modus operandi aprendidos durante su permanencia bajo el régimen dictatorial de los hermanos Castro y dedican la mayor parte de sus esfuerzos no a planificar una estrategia opositora, sino a intentar  descalificar a quienes se atrevan a exponer un punto de vista diferente y a defenestrar  a quienes, sencillamente, decidan que pueden  ser   escollos en sus carreras hacia la nueva repartición de poderes que se avecina.

Las ofensas, diatribas, vituperios y descalificaciones abundan en este lado ni más ni menos que enarbolando el sacrosanto derecho a la libertad de expresión y proliferan quienes  creen que la democracia te da el derecho a decir cualquier burrada y  obliga a “los demás” a escucharte sin derecho a réplica. Es, desgraciadamente, muy escaso el diálogo inteligente de esta orilla del conflicto. Existe, sí, y es valiosísimo justamente por su escasez.

En cuanto a los  principios sobre los que se ha prefigurado el movimiento de oposición interna,   están permeados de los mismos lastres y si en el exilio nos encontramos con una oposición francamente emocional, más reactiva que proactiva, en el interior de la isla nos hallamos con una oposición dividida también, plagada de desconfianza entre los unos y los otros y con un alto concepto del sacrificio personal, o sea, contaminada por las  consecuencias de un romanticismo tardío que todavía suele  apoyarse en los principios de que “Morir por la Patria es vivir”,  signados por un fatalismo que continúa cediéndole  a la Muerte la única posibilidad de victoria, el lugar que debe corresponderle a la inteligencia, la sagacidad, el instinto de conservación, la capacidad para configurar efectivas estrategias de resistencia. Son héroes. Es verdad. Muchos están dispuestos a perder la vida por sus convicciones y convertirse en mártires   pero, perder la vida es sólo eso, no importa  perderla en el nombre de la Patria. No importa, porque los muertos, eso lo hemos aprendido con creces, son demasiado útiles a los vivos y cuando  pasan  a engrosar el panteón de los inmolados,  adornan sus discursos y sirven de acicate para ensanchar los fondos de sus causas. ¿Qué tal si no fuera muy tarde para aprender a vivir por y para una Patria que en definitivas  necesita   activos? No sé  cuán hondo pueda haber calado esa mentalidad sacrificial en el inconsciente colectivo cubano, pero sí sé que vale la pena desestructurarla y empezar a sentirnos más orgullosos de los vivos y menos endeudados con la muerte.

Los Castro y su  pandilla están condenados a desaparecer y con ellos,  los vicios de autodestrucción sistemáticamente inculcados en la mente social de los isleños deberán desaparecer también, porque Cuba y los Castro no son lo mismo. Lo mejor de nosotros sigue ahí, incubando en la negación y la neo rebeldía que las nuevas generaciones ya traen incorporadas a su información genética. A esas nuevas generaciones, en las cuales el sentimentalismo por un pasado que realmente   nada tiene que ver con ellos brilla por su ausencia, les importan un bledo  los índices de bienestar alcanzados en  épocas de Batista, la Patria para ellos ya no es un dogal asfixiante, son irreverentes, pragmáticos, nada queda en ellos de los románticos que doblaron las espaldas para que Fidel Castro cimentara su feudo sobre ellas, o sea, eso que ahora podemos ver como  los “serios problemas de la juventud” es la baza con la que debemos contar si   queremos que los   problemas del futuro sean otros y no los mismos que nos han traído hasta aquí. Confío es esa rotunda negativa de los más jóvenes a continuar en el circos alimentando a las fieras, mientras los romanos de todo el mundo se regodean con  el crujir de los huesos y los borbotones de sangre de los sacrificados. Los que no creen ni a favor ni en contra en nuestro panteón de víctimas  se alejan y se burlan de esos vejetes con las rodillas temblonas y las prótesis flojas que, en su locura, juegan al monopolio de la revolución. Su tiempo se acabó, días más, días menos  no importa. Los jóvenes irreverentes e iconoclastas de hoy pueden, de un salto, ayudar a que la isla por fin sea devuelta a su   exacta medida, sin más alardosas pretensiones de convertirse en potencia mundial o en modelo de nada, ni para nadie, simplemente regresar al disfrute de la vida, dejándose lamer los flancos por las aguas del Trópico.

 

 

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