Archivos para 16 junio 2012

Los hijos de la Victoria

Los hijos de la Victoria.

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Los hijos de la Victoria

Hoy, siempre hoy, decidí dar una vuelta por el barrio. Calculé el presupuesto antes de sentarme en la terraza de mi cafetería preferida, Los hijos de la Victoria, para tomar un café con leche acompañado por un pinchito de queso. Miré a mi alrededor, delvolví sonrisas, regalé algunas y al poco, la vieja sensación de no-pertenencia se apoderó de mí: no pertenezco a ningún lugar de este mundo, a pesar de que  existen sitios que me gustan tanto como una buena película de la que puedo entrar y salir, quedándome con la sensación de haber visto algo que ya está en el pasado.

Mi preferencia por esta terraza se debe quizá a su nombre, que implica tantas cosas… al principio pensé en lugares comunes tan altisonantes como la Victoria de Samotracia, por ejemplo, pero no, Los hijos de la Victoria son los hijos de Victoria, la dueña, que se afana entre fogones mientras sus  vástagos, jovenes pelilargos  con  los mandiles un poco más abajo de la inocencia, van de una mesa a otra  sirviendo a los parroquianos. Intercambian besos y bromas con todos, menos conmigo, así de lejos debe llegar mi olor a huérfana, a inadaptada,  a extranjera a punto de partir sin nunca haber estado. Claro, pienso, estos chicos son de aquí, del barrio, aquí han crecido. La mayoría de quienes están a mi alrededor fueron testigos de sus primeros pasos, de los brotes de acné, de la primera calada al porro compartido y  del debut amatorio con la vecinita en el rellano de las escaleras.

Con esta rara cualidad de los abstemios adictos a la melancolía, reprogramé la mente y de sus archivos, akásicos o no, brotaron las imágenes de mi experiencia española desde que comenzó en el año 1996. Toda una adolescencia. He vivido muchas españas: la que recién salía de una larga estancia socialista, la que inauguraba su estadío con el Partido Popular; la España deslumbrada por el bling-bling, cuando sus mujeres abandonaron los tonos marrones y se lanzaron al rubio oxigenado, con lentejuelas y  sandalias doradas incluidas. Toda España buscaban la “oportunidad” de arrancarle un bocado a la bonanza para dejar atrás de una vez esos grises períodos de miseria, rastros de la Guerra Civil, la dictadura franquista y el vaivén del péndulo socio político, para integrarse en una Europa que nunca dejó de mirarla como destino turístico,  país de “bárbaros” aficionados a los toros, al flamenco en las Cuevas de Juan Candela, a largas tardes de molicie en la Plaza Mayor y la indiscutible dieta mediterránea, motivo de suspiros para más de un sibarita; la de programa televisivos imposibles para vegetarianos porque solo te sirven picadillo de carne humana; la de personajes pintorescos; la de tintes decadentes; la de científicos y deportistas luminosos;  la del 27; la del 98; la de Goyas, Riveras, Murillos y Velázquez.

Pero un turista nunca llega a saber lo que en verdad se cuece tras las cortinas de estas españas, capaces de esconder sus profundas heridas bajo el  traje de faralaes y secarse las lágrimas con un brioso golpe de mantón.

Los hijos de la Victoria  revolotean entre cañas bien frías y bandejas de calamares a la romana en este mediodía fresco, preludio de otro verano atormentado y una visión reluce ante mis ojos. Veo, por primera vez, que España ha empezado a despedirse, no de mí, si no de ella misma. Bajo la silla siento crujir la acera  y parece que solo yo me doy cuenta de lo rápido que todo está cambiando, de la velocidad con que una vieja sombra fagocita los hábitos más cálidos de España. No sé cuándo la bestia se mostrará en todo su esplendor,  pero si sé que estoy presenciando el principio del  fin. No es fin del planeta, sino el fin del mundo tal como lo conocemos hasta hoy. Tampoco puedo vaticinar si es este un happy end pero, de nuevo, he de verme expelida a un modo diferente de destierro, a un  exilio tortuoso porque, las fronteras  son tan difusas, que no distingo bien a qué debo enfrentarme

Las mesas se vacían y vuelven a llenarse y yo, la mirona, estiro mi café hasta el infinito, con tal de no perderme este retazo de tiempo irrepetible. Diecisite años más tarde, mi vallejiano y terco corazón vuelve a lanzar esta plegaria: “España, aparta de mí este cáliz.” Mientras, por primera vez en dos horas y media, Los hijos de la Victoria, con sus pelos largos, sus caras de niños y los mandiles volando por debajo de las rodillas, se encaminan a dúo hacia la sombrilla que me mantiene a salvo solamente del obstinado sol de mediodía.

-¿Desea algo más la señora?

-Gracias. Estoy servida desde hoy y para siempre. -Digo, consciente de que Los hijos de la Victoria no comprenden qué he querido decirles. Dejo tres monedas de un euro sobre el platillo, afinco los pies sobre el asfalto y me levanto: definitivamente ha llegado la hora de marcharse.

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