Los hijos de la Victoria

Hoy, siempre hoy, decidí dar una vuelta por el barrio. Calculé el presupuesto antes de sentarme en la terraza de mi cafetería preferida, Los hijos de la Victoria, para tomar un café con leche acompañado por un pinchito de queso. Miré a mi alrededor, delvolví sonrisas, regalé algunas y al poco, la vieja sensación de no-pertenencia se apoderó de mí: no pertenezco a ningún lugar de este mundo, a pesar de que  existen sitios que me gustan tanto como una buena película de la que puedo entrar y salir, quedándome con la sensación de haber visto algo que ya está en el pasado.

Mi preferencia por esta terraza se debe quizá a su nombre, que implica tantas cosas… al principio pensé en lugares comunes tan altisonantes como la Victoria de Samotracia, por ejemplo, pero no, Los hijos de la Victoria son los hijos de Victoria, la dueña, que se afana entre fogones mientras sus  vástagos, jovenes pelilargos  con  los mandiles un poco más abajo de la inocencia, van de una mesa a otra  sirviendo a los parroquianos. Intercambian besos y bromas con todos, menos conmigo, así de lejos debe llegar mi olor a huérfana, a inadaptada,  a extranjera a punto de partir sin nunca haber estado. Claro, pienso, estos chicos son de aquí, del barrio, aquí han crecido. La mayoría de quienes están a mi alrededor fueron testigos de sus primeros pasos, de los brotes de acné, de la primera calada al porro compartido y  del debut amatorio con la vecinita en el rellano de las escaleras.

Con esta rara cualidad de los abstemios adictos a la melancolía, reprogramé la mente y de sus archivos, akásicos o no, brotaron las imágenes de mi experiencia española desde que comenzó en el año 1996. Toda una adolescencia. He vivido muchas españas: la que recién salía de una larga estancia socialista, la que inauguraba su estadío con el Partido Popular; la España deslumbrada por el bling-bling, cuando sus mujeres abandonaron los tonos marrones y se lanzaron al rubio oxigenado, con lentejuelas y  sandalias doradas incluidas. Toda España buscaban la “oportunidad” de arrancarle un bocado a la bonanza para dejar atrás de una vez esos grises períodos de miseria, rastros de la Guerra Civil, la dictadura franquista y el vaivén del péndulo socio político, para integrarse en una Europa que nunca dejó de mirarla como destino turístico,  país de “bárbaros” aficionados a los toros, al flamenco en las Cuevas de Juan Candela, a largas tardes de molicie en la Plaza Mayor y la indiscutible dieta mediterránea, motivo de suspiros para más de un sibarita; la de programa televisivos imposibles para vegetarianos porque solo te sirven picadillo de carne humana; la de personajes pintorescos; la de tintes decadentes; la de científicos y deportistas luminosos;  la del 27; la del 98; la de Goyas, Riveras, Murillos y Velázquez.

Pero un turista nunca llega a saber lo que en verdad se cuece tras las cortinas de estas españas, capaces de esconder sus profundas heridas bajo el  traje de faralaes y secarse las lágrimas con un brioso golpe de mantón.

Los hijos de la Victoria  revolotean entre cañas bien frías y bandejas de calamares a la romana en este mediodía fresco, preludio de otro verano atormentado y una visión reluce ante mis ojos. Veo, por primera vez, que España ha empezado a despedirse, no de mí, si no de ella misma. Bajo la silla siento crujir la acera  y parece que solo yo me doy cuenta de lo rápido que todo está cambiando, de la velocidad con que una vieja sombra fagocita los hábitos más cálidos de España. No sé cuándo la bestia se mostrará en todo su esplendor,  pero si sé que estoy presenciando el principio del  fin. No es fin del planeta, sino el fin del mundo tal como lo conocemos hasta hoy. Tampoco puedo vaticinar si es este un happy end pero, de nuevo, he de verme expelida a un modo diferente de destierro, a un  exilio tortuoso porque, las fronteras  son tan difusas, que no distingo bien a qué debo enfrentarme

Las mesas se vacían y vuelven a llenarse y yo, la mirona, estiro mi café hasta el infinito, con tal de no perderme este retazo de tiempo irrepetible. Diecisite años más tarde, mi vallejiano y terco corazón vuelve a lanzar esta plegaria: “España, aparta de mí este cáliz.” Mientras, por primera vez en dos horas y media, Los hijos de la Victoria, con sus pelos largos, sus caras de niños y los mandiles volando por debajo de las rodillas, se encaminan a dúo hacia la sombrilla que me mantiene a salvo solamente del obstinado sol de mediodía.

-¿Desea algo más la señora?

-Gracias. Estoy servida desde hoy y para siempre. -Digo, consciente de que Los hijos de la Victoria no comprenden qué he querido decirles. Dejo tres monedas de un euro sobre el platillo, afinco los pies sobre el asfalto y me levanto: definitivamente ha llegado la hora de marcharse.

  1. #1 por Miguel Grillo Morales el junio 16, 2012 - 6:47 pm

    Hola Maria Elena.
    Hace mucho no te escribo, siempre te leo. Ese sentimiento de no pertenencia acompaña y acompañará al cubano para toda la vida, somos y seremos una planta trasplantada, pertenecemos a todo el mundo y a la misma vez no pertenecemos a ningún lado. Lo triste lo verdaderamente lamentable es que el sitio al que menos pertenecemos es el de origen. No tenemos ni tendremos cura. Hoy me llevaste de regreso a la Cafetería Hogares, donde trabaje de chaval en Madrid a principio de la década del 70, lugar y época la cual también añoro. Por coincidencias de la vida uno de mis lugares preferidos se llama La Terraza de Victoria, claro en otra latitud y otra idiosincrasia. Magnifico articulo, no encuentro forma (aunque lo deseo) de inculcarte animo, a mi también me duele mucho España. Por si fuera poco, y a pesar de mi admiración, por pura honestidad tengo que disentir al menos en un punto: ese gusto de mezclar un café con leche y un pinchito de queso. Yo que me confieso de esos “bárbaros” que le gustan lo toros, digo: España, la que le abriste de para en par los brazos a aquel guajirito del Central Mercedes, ojala puedas enderezar tu cáliz.

  2. #2 por Andrés Zurdo González. el junio 16, 2012 - 7:41 pm

    Nunca podrás salir e irte de nuestros corazones. Que esa es patria indestructible.

  3. #4 por alfredo leon barcelo el junio 16, 2012 - 9:16 pm

    mis manos al cielo

    llueve y es junio
    llueve sobre la alta noche haciendo
    que todos los sueños salgan
    de sus refugios y transiten por los corredores

    llueve y es la nostalgia la primera que sale a danzar
    la música viene con ella
    y todo un círculo de luces y de mareas
    porque se que a lo lejos el mar se despierta
    lanza sus más hondas olas
    contra los pabellones de la costa
    y las aves cierran sus ojos asustadas

    alguien camina bajo la lluvia
    alguien que se sabe conocedor
    de los cantos tristes de las nostalgia
    porque llueve y es junio
    y es catorce y esta cuidad se expande
    se sale de su órbita
    y nos traga y nos suelta de nuevo
    y nos deja sobre el asfalto mojados doblemente
    es junio
    es catorce y es miami
    es el mar alzándose a lo lejos
    y es la nostalgia
    entonces alzo mis manos al cielo
    suplicando.

    gracias maría elena…por todas las palabras compartidas….alfredo leon barcelo

  4. #6 por Arnaldo Ramirez el junio 16, 2012 - 9:52 pm

    Ah, la belleza de la palabra y el esplendido vino de tu sabiduria, todo junto y revuelto en este post! El desarraigo, tal y como apuntas en uno de los comentarios anteriores, es, efectivamente, el primer paso hacia un escenario mas amplio. Una bendicion del cielo, como diria mi abuela y como ahora mismo repito como un mantra. Te amo en tus palabras y mas alla de ellas, Namaste.

    • #7 por María Elena Cruz Varela el junio 17, 2012 - 9:20 am

      Gracias a ti, mi maestro de amor incondicional, escribir es caminar sobre la cuerda floja que otros sostienen, o la tensan o la sueltan mientras, con sus palabras, esta mujer oscila sobre el mismísimo centro del abismo, ¡Namasté!

  5. #8 por yirko e Iglesias el junio 17, 2012 - 1:36 am

    Miguel Grillo, estoy y no estoy de acuerdo con el mensaje que le trasmites a María Elena. De acuerdo por que parece que te desahogas y como ella en su articulo “Los hijos de la victoria”. Da la sensación como si los cubanos fuéramos los más sufridos en espacio y tiempo, y no es así. Los pueblos todos han pasado por épocas tormentosas y muy puaras. Repasen la memoria por la historia de la humanidad y verán como el aparente fin del mundo en muchos momentos del hombre, todo terminaba, y nunca ha sido así. La fuerza del hombre demostrada en su lucha enfrentando a la naturaleza y a enemigos inconmensurables , a pestes y catástrofes naturales o creados por los conflictos religiosos , políticos , culturales ,las guerras devastadoras en todos los siglos de civilización, no pudieron detener el avance de la humanidad. No será ahora que eso suceda.
    Los cubanos a veces no sentimos el ombligo del mundo y eso no es bueno ni para el ombligo y menos para el cerebro.
    Ya el hombre se ha reinventado muchas veces y lo hará de nuevo, lo juro por Dios.
    Mi parentela es, ha sido una familia de exilados políticos y desplazados por las guerras y la lucha contra lo injusto ha obligado a que unos y otros estemos saltando hace mucho tiempo de un lado a otro. Mi madre recorrió sola con 24 anos con en nene a cuestas los Pirineos en plena nevada ,llego a Francia a varios campos de refugiados, salto a Inglaterra y vivió en Liverpool entre los escombros de una iglesias bombardeada por los Nazis , se monto en el vapor Oropesa y llego a Cuba a Triscornia detenida por no tener papeles , llego a México y durante ocho anos y sin documentos sobrevivió hasta poder llegar a Cuba y ahora seguimos el viaje por causa de Totalitarismo Tropical. Y para que quejarse, ante todo se que ha habido muchísimos peor y que la mayoría estas en el otro mundo. Enfrentar como siempre con optimismo las miserables desgracias que nos acompañan. Y en fin para que llorar mas , las fuerzas que nos quedan usemos la en quitarnos aunque sea por poco tiempo la desgracia que nos acompana “POR AHORA”

    • #9 por María Elena Cruz Varela el junio 17, 2012 - 9:12 am

      Querido Yirko, gracias por tu esclarecedor comentario, estoy totalmente de acuerdo contigo y también te agradezco que me ayudes a reafirmar la idea que tengo de que, hable de lo que hable, escriba de lo que escriba, el ser humano solo puede hablar de sí mismo. Las experiencias personales son válidas y en ningún caso las generalizaciones aportan nada. Los cubanos somos el ombligo de nuestro mundo, los mexicanos del suyo y así, sucesivamente, todos entramos a formar parte del Gran Ombligo de Dios. La historia es francamente inhumana, pocas veces se ocupa del dolor y del anonadamiento que a compañan el curso de hechos que, por lo general, padecen unos hombres (genérico) para que otros se coloquen laureles, puedo creer en ciertas cronologías, pero no en la percepción ajena porque, si de percepción se trata, perfiero cultivar la mía. Uno vive el tiempo que le toca y debe vivirlo hasta la saciedad, del cielo al sótano. Bien leído, en Los hijos de la Victoria no hablo del fin del planeta, sino del fin del mundo tal como lo conocemos hasta hoy y no digo que esto sea bueno o malo. Tampoco digo que me voy, es la España conocida la que se marcha y tampoco sé si esto es bueno o malo, Solo puedo decirte que los españoles y los alemanes, no se parecen en nada ni geográfica, ni psicologica ni culturalmente. Eso, mientras estemos en la ilusión, es una realidad incuestionable. Gracias, otra vez por darme esta oportunidad.

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