Archivos para 21/06/11

Duro oficio el exilio.

El poeta turco Nazim Hikmet era  militante comunista, lo cual no afectó en nada la altísima calidad de su poesía. Pasó doce años en las cárceles de su país y murió en el exilio

De él, un poeta comunista, tomé prestado el título de uno de sus libros para encabezar este monólogo, porque no se me ocurre  nada que defina mejor esto de ser un paria, un transterrado, aprendiz de un oficio cuya dureza reside en que no llegas a graduarte nunca: jamás podré ejercer de exiliado profesional. Esto que digo no pertenece al ámbito de las lamentaciones, no es tampoco una queja; es la constatación de un hecho irreversible porque, saber que en esta tierra nunca se vuelve a ninguna parte, como el agua del río, que no pasa dos veces bajo el puente, es asumir   un largo gravitar sobre tu propio eje.

Ni siquiera   enterarte de que “nuestro Reino no es de este mundo” -el de ninguno de nosostros, los humanos- alivia esa mezcla de rabia y desconsuelo del niño al que un adulto desbarata su castillo de arena porque sí, porque es abusador y prepotente.

Nadie que no haya padecido por las mismas razones podrá entender de lo que estoy hablando. Nadie que entre y salga de su país cuando quiera lo puede comprender. Nadie que no haya oído morir a su padre en la distancia podrá  decir “te entiendo.”

Nada puede hacerme olvidar que soy una exiliada política, no una emigrante económica y, cuando aflojo un poco la cuerda que me mantiene alerta y se me ocurre reclamar  un derecho ciudadano, en alguna esquina, en el consultorio médico o en la caja del supermercado, alguien me lo recuerda: “Vete pa donde viniste. Estos extranjeros están muy equivocados. ¿Qué te has creído?”  No saben que esa pregunta me la hago a mí misma cada varios segundos: De todo lo que veo, de todo lo que escucho, de todo lo que aprendo, ¿Qué es lo que me he creído? ¿Quieren saber la respuesta? Nada. No me creo nada que no  venga de Aquél que ES.

Soy “La cubana” y no quiero apelar al  tópico revanchista de ¡Y a mucha honra!, porque ser cubana sin Cuba no me hace ninguna gracia.

Bien, todo este interludio tiene  una razón de peso: de la isla me han hecho llegar una invitación para que participe en una antología de poetas cubanas de dentro y de fuera. A continuación “copio y pego” parte del mensaje. No quiero dar a conocer el nombre de las personas que me escriben porque, en verdad, no dudo de su ingenuidad plagada de buenas inteciones, tal vez, en su lugar, yo lo hubiera intentado; puede que hasta sean jóvenes, muy jóvenes y estén haciendo esfuerzos para enmendar la plana.  Tampoco he respondido al mensaje personalmente porque no sé, ni creo que deba. Esta respuesta pública es para esas personas y también para mí, para ustedes y por si alguna mano oscura se esconde tras los buenos deseos de quienes creen que con antologías poéticas se pueden  aplanar montañas, rellenar abismos o secar el Océano Atlántico. No, no se puede y créanme, es una cuestión estrictamente personal.

“…consideramos que su poesía es indispensable para la historia poética cubana y debe estar dentro de cualquier antología que se respete. Leyéndola en estos días me parecen sus poemas muy hermosos, de ahora mismo, de mañana. No quisiéramos que usted faltara en la antología. Hasta el momento no nos han puesto ninguna traba, ni nos han censurado a nadie del exilio, pero si algo pasara usted puede estar segura que se lo haría saber con detalles. La editorial  Letras Cubanas ha aprobado el proyecto y los nombres de las poetas del exilio fundamentales hasta el momento. Yo le garantizo la limpieza de este proyecto, por mi parte, intentando al menos en este punto barrer cualquier tipo de muros.

Antes de continuar, agradezco el reconocimiento de poetas a poetas.

También podría escribir noventa y nueve mil chorradas, para robustecer mi negativa a participar con alardes de patriotismo o patribobería ilimitada. ¡Líbreme Dios de semejante memez! Pero no, no quiero participar en dicha antología. Mi poesía y yo somos una y a ambas nos maltrataron por igual. A ambas nos encarcelaron por pedir reformas, no para nosotras dos, sino para la isla entera. Nos ofendieron,  aplicaron fuerza y  poder intentando humillarnos a mi poesía y a mí en un  alarde de violencia machista y doméstica, a la que algunas mujeres no dudaron en sumarse.

No voy a cantar loas sobre los beneficios del exilio; no tengo fotos de caserones que mostrar, ni de yates, ni coches, ni nada de lo que puedar alardear materialmente, es más: no tengo nada que perder, nada pueden quitarme.

No fue fácil ni sabroso para mí entrar al mundo con cuarenta y un años, edad que tenía cuando debí abandonar Cuba. He tropezado, he caído, he vuelto a levantarme; me he equivocado para ganar en seguridad de que continuaré equivocándome durante el resto de mis días; he llorado lágrimas infinitas y amargas. He comprendido a José María Heredia, grande entre los grandes, cuando el dolor le  dobló las rodillas; mi poesía y yo, para soportarlo,  debimos caminar con bastón por varios años. Me he visto sin un duro para el alquiler; alojándome en casa de buenos amigos, mi familia me ha sostenido moral y materialmente, o sea: no me he ahorrado ninguna experiencia  porque también he fregado platos ¿Y qué?  Nadie  imagine que me avergüenzo, todo lo contrario.

Es más que probable que me toque morir en el exilio; no seré la primera, aunque ojalá sea la última, quiero decir: soy imbatible porque estoy preparada para todo, pero no acepto, por muy buenas intenciones que muestren, que mi poesía o mis novelas se publiquen en ninguna parte del planeta donde no haya libertad e igualdad de derechos. Mucho menos en Cuba, mi castillo de arena destrozado.

Los motivos que me llevaron al enfrentamiento con el régimen están todos ahí, sólo han envejecido, pero siguen ahí. ¿Cómo van a incluirme en una antología como si me estuvieran perdonando? Dejan morir a Zapata en huelga de hambre, asesinan de una paliza a un hombre esposado, en plena vía pública, bajo la luz del sol, apalean a las Damas de Blanco y quieren perdonarnos para que vaya mi poesía y les maquille el rostro, tapándoles la sangre y la horripilante fealdad que en más de medio siglo han ido acumulando. ¡Qué poco nos conocen!

No quiero, ni necesito, que me perdonen. No quiero que me publiquen. No quiero que mi poesía camine desamparada por las calles de un país que nos borró  hace casi dos décadas.

Escribo en nombre de mi poesía porque, cuando yo no esté, nadie saldrá en defensa de sus principios y su sentido de la ética como estética de la conducta.

Puedo, a estas alturas, aprendiendo a cumplir sesenta años, darme el lujo de exigir que a mi poesía y a mí se nos trate de usted y deban ganarse el derecho a leernos.

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