CARTA DE AJUSTE (III y final)

Nota: Este artículo se publicó en la Revista Encuentro hace unos meses  y su aparición trajo consigo más de un desasosiego. Por eso decidí traspasarlo a este espacio, por entregas, claro, para   quienes   no pudieron  leerlo en su momento. Gracias. Namasté. 

Días después, Fernando Velázquez apareció  con el borrador, al que se le hicieron algunas enmiendas, pocas, a decir verdad y tras firmarlo, personalmente me dedique a recoger firmas.

Mi primera visita fue al poeta Raúl Rivero, con quien me unía una amistad de más de diez años. Lo encontré sin camisa, colérico y revuelto contra la incertidumbre, preparando las borras del café para colarlas por segunda vez en la mañana y sentados alrededor de la mesa de cristal, una vez leída con detenimiento, firmó sin exigir ninguna explicación.

Con la Carta recién estrenada en mano, me dirigí a la sede de Radio Enciclopedia, donde purgaba su cuasi exilio el poeta Manuel Díaz Martínez quien, apoyándose en el mismo buró de la recepcionista, firmó -mientras hacía este chiste- su “acta de independencia”.

Al pasar por 17 y H, casi tropiezo con la figura desgarbada e ingeniosa del novelista Manuel Granados, a quien apenas conocía de vista. Le mostré la Carta y allí, en plena acera, con mi espalda como soporte, estampó su rúbrica el autor de Adire y el tiempo roto.

Por sugerencia de Díaz Martínez, contacté con otro novelista, José Lorenzo Fuentes, cuya historia y obra conocía, pero no a él  en persona. Me invitó a su casa y ese día, junto con la firma de la Declaración… José Lorenzo, pulcro como el amanecer, entró en mi vida para siempre junto con Lida, su mujer. Cuando nos  encontrarnos años después, en el exilio, de Lida sólo  quedaban, en mi mundo, el recuerdo amarillo de su vestido y el místico resplandor de su mirada en  aquel  efervescente atardecer. 

De regreso a Alamar, en el trillo que habíamos echo de su casa a mi casa, me encontré con el escritor y periodista Bernardo Marqués Ravelo, acompañado de quien era su esposa por aquella época, la también periodista Nancy Estrada Galván. Llevo sobre mi espalda el peso de sus firmas porque  in situ,  aterrillados por  sol y sin que mediara por mi parte ningún  intento de convencerles, ni por la de ellos la más mínima vacilación, junto a sus nombres y rúbricas, Marqués y Nancy plasmaron sus votos por la búsqueda de una solución civilizada.

Si tenemos en cuenta el miedo, el que tomar decisiones de esa índole no es un hábito entre la intelectualidad cubana, además de las tremendas dificultades con el transporte, podemos decir, sin temor a equivocarnos, que habíamos instaurado un récord: apenas llevábamos día y medio recopilando firmas y de once intentos, sólo uno falló.

También a instancias de Manuel Díaz Martínez, quien tramitó la entrevista, con muy pocas esperanzas me personé en la sede de la Casa de América. En la entrada de coches me recibió el novelista y funcionario Lisandro Otero quien, tras escrutar varias veces  Carta y  firmas, alabó mi valor y se dedicó a criticar la redacción del documento. Mi respuesta fue sencilla:

-Si usted cree que está tan malamente pensada y escrita, redacte una y se la firmaremos sin lugar a dudas.

Oteador, Otero respondió exponiendo sus dudas acerca de la valía de algunos de los firmantes y luego de  escucharle varias citas más o menos cultas acerca de las reminiscencias de Clemenceau que se transparentaban en los postulados del documento, me despedí de Lisandro Otero, quien no firmó por “razones estéticas” pero, al menos, se atrevió a recibirme cuando ya era ostensible el olor a crucifixión que me acompañaba a todas partes.

 Siempre me he interesado más por el núcleo que por la periferia, de ahí que tenga el “mal hábito” de olvidar ciertos detalles, como nombres de  eventos patrios y  sus fechas; sólo puedo acercarme a ellos por analogías. Sé que, paralelamente a la vorágine de la recogida de firmas, en La Habana estaba celebrándose uno de esos eventos internacionales en el que se hallaban involucradas importantes figuras  del mundo, por lo cual, la ciudad desbordaba con la presencia de numerosos medios de comunicación extranjeros. En una visita que realicé a la casa de Elizardo Sánchez Santacruz, en respuesta a una solícita petición de su parte, éste me presentó a un periodista “de Miami” apellidado Aruca, muy interesado en hacerme una entrevista y en, según Sánchez Santacruz, sacar de la isla la parte de la Declaración de los Intelectuales que ya estuviera firmada. Nunca antes había oído hablar de Aruca pero debo confesar que, desde que tengo uso de razón, me asiste el infalible olfato de los supervivientes y no acepté que la Carta saliera por esa vía, aunque no se me escapaba el inminente peligro de que cayera  en manos de la Seguridad del Estado: estábamos jugando  con fuego así es que, cuando al segundo día recibimos desde Madrid una llamada de Carlos Alberto Montaner, anunciándonos que la abogada norteamericana Harriet Babbitt (años después embajadora de Estados Unidos en la O.E.A. durante la administración Clinton) se encontraba en La Habana y quería entrevistarse con nosotros, acudimos a la cita en el Hotel Habana Libre. Fue ella, Harriet Babbitt,  quien se ofreció como intermediaria para sacar de la isla una copia del peligroso documento, cuyo original, dicho sea de paso, ya se había debidamente presentado en el Comité Central del Partido Comunista de Cuba y manteníamos el “acuse de recibo”  a buen recaudo. En eso también se equivocaron los exegetas: la Declaración… no se dio a conocer primero en el extranjero. El que nunca se difundiera ampliamente  en Cuba no dependió de nuestra gestión que, puedo dar fe, resultó impecable.

La Declaración de los Intelectuales ya estaba a salvo en la otra orilla del mar Caribe y en honor a nuestra verdad, a esas alturas nos importaba bien poco bajo las órdenes de quién estuviera la persona que nos sirvió de vehículo para que se cumpliera su cometido. No estábamos dispuestos a hacer más concesiones al manido recurso de la C.I.A. como  el “coco” capaz de paralizar nuestras más que legítimas esperanzas.

Al abandonar la isla, la composición de la Carta… era más o menos esta, sin tener  en cuenta un orden estricto en la aparición  de los firmantes:

 María Elena Cruz Varela

Raúl Rivero Castañeda

Manuel Díaz Martínez

Manolo Granados

José Lorenzo Fuentes

Fernando Velázquez Medina

Roberto Luque Escalona

Víctor Manuel Serpa Riestra

Bernardo Marqués Ravelo

Nancy Estrada Galván

 Estos fueron los hombres y mujeres que dieron motivo a que el documento pasara a la historia con el nombre de La Carta de los Diez

 A partir de ese momento, quedábamos a merced de las contingencias y a mi casa continuaron llegando artistas e intelectuales cuya valentía, aún hoy, tiene la virtud de estremecerme porque no eran mis amigos, no nos conocíamos siquiera y ya la caja de los truenos se había destapado sin remedio. No había vuelta atrás.

La vigilancia frente a mi casa era de veinticuatro por veinticuatro horas cuando el filólogo germanista y militante del Partido Comunista Jorge Pomar Montalvo, dejó sobre la mesa de mi humilde comedor el  rojo emblema de su militancia en forma de carné del Partido y pidió firmar la Carta; Alberto Pujol Parlá, pintor y músico, acudió también al reclamo de su conciencia.

Había que estar presente para saber  cuánto coraje era necesario recopilar antes de dar semejante paso.

Por otro lado, Jorge Crespo y Ricardo Vega, jóvenes cineastas,  firmaron  una de las copias que aún circulaban por la ciudad. En total, las firmas llegaron a sumar veinte, no los menciono a todos porque de algunos, lamentablemente, todavía no tenemos claro cuáles eran sus intenciones y, como en toda acción abierta es imposible controlar los objetivos de  quienes participan, me arrogo el derecho de no trasladar ciertos nombres a estas páginas. Si me equivoco, lo lamento, no será la primera vez, tampoco la última. Pero a estas alturas de mi vida sólo estoy dispuesta a rendir cuentas ante un único juicio: el de Dios.

 La Caja de Pandora estalló cuando, por primera vez, reunieron las turbas frente a mi domicilio y escuché las primitivas notas de las horcas caudinas entonando  un acto de repudio.

Comenzó la campaña de desacreditación o, mejor dicho, de desprestigio y, como era de esperar, los estrategas de la Lubianka cubana se enfocaron en mí, la “cabeza visible”. Seguros de que, por ser mujer, era más vulnerable, arremetieron en mi contra con todo el empuje de su maquinaria, en un zafio alarde de brutalidad que puede   ser definido de muchas formas, pero me conformo con tres: machista, vulgar y de muy pocos “testosteroles”.

Los poetas y escritores Raúl Rivero, Manuel Díaz Martínez, Manolo Granados, José Lorenzo Fuentes -sin dudas los de mayor proyección internacional- fueron asediados para que retiraran sus firmas del documento. Cabe subrayar, con gratitud no exenta de orgullo, que esta vez fracasaron. Los estrategas del G-2 no lograron que ni uno solo de los firmantes se arrepintiera y cantara la acostumbrada palinodia. Todos asumieron dignamente las consecuencias de su acción y no se dejaron tentar ni amedrentar, porque hubo de todo. El estrepitoso fracaso obtenido con los firmantes los llevó a revolverse aún más en mi contra. Nunca antes se vio que  “una poetisa desconocida y semianalfabeta, de dudosa conducta moral y enferma de neurosis histérica”, requiriera tanta vigilancia y movilización por parte de los denominados “tanques de pensamiento” que operaban en los sótanos de Villa Maristas. Pero esta también es otra parte de la historia. Adentrarme en ella me alejaría del motivo central de este artículo: presentar, diecisiete años después, mis respetos y admiración a quienes lograron imponerse al miedo en ese junio de 1991 porque, al estampar sus firmas en aquella Carta, atrajeron sobre sí el odio de un sistema basado en el odio y con él, toda su incalculable potencia represiva dedicada, a partir de ese momento y sistemáticamente, a buscar el mejor modo de destruirnos.

Quizá lo más vergonzoso en esos tórridos días  fue descubrir, en la réplica o “contra carta” que en varias entregas publicó el diario Gramma, los nombres de muchos, muchísimos de los “amigos” que frente a mis hijos, en mi apartamento de Alamar, periódicamente  regurgitaban su ración de  descontento contra el régimen.  La mayor parte de esos “amigos”, que no vacilaron en firmar contra nosotros por variopintas y pendejísimas razones, a sabiendas de lo que estaba en juego, hoy también viven en el exilio, aunque algunos prefieran llamarle emigración o diáspora a este crudelísimo fenómeno, como si con ello pudieran atenuar las responsabilidades y, una vez más, establecer diferencias, marcar límites.

 Ahí estaba. Lo habíamos hecho. A pesar de los lúgubres augures, a pesar de los sabihondos dueños de las claves de cuál debe o no ser el momento adecuado, lo habíamos logrado. Habíamos levantado una coral  en medio de una sinfonía de silencios. Por eso empezaron a sumarse más y más adeptos a nuestra causa aunque, en el fondo, sabíamos que a la hora de la verdad, estaríamos solos.

Nunca podré agradecer lo suficiente la presencia a nuestro lado de Gabriel Aguado Chávez, valiente donde los halla, ingenioso también. No fue uno de los firmantes, pero sí fue el creador de nuestra pequeña imprenta, hecha con un galón de pintura relleno de arena y una frazada de piso, de las mismas que otros utilizaban para falsificar bistec.

La lista de colaboradores se haría demasiado larga, todos fueron perfectos e insustituibles. Todos ahora forman parte del extrañamiento pero, Pastor Herrera Macurán, el trabajador ferroviario, merece  un lugar entre estas páginas. Ya habrá tiempo también para contar cómo  nos ayudó a inundar, con cartas de reflexiones, el convoy en el que debían trasladarse al Camagüey los participantes en el Cuarto Congreso del Partido…

Ya en los acordes finales de esta pieza inconclusa, quisiera aclarar que nunca he aceptado el rol de víctima o de “instrumento manipulado por…” que, como medallas o potalas, han querido colgar de mi nombre; unos lo hacen por desconocimiento, otros, porque les  resulta cómodo y útil. Pero no, no fui, no  soy una víctima, menos, un instrumento de nadie. La autenticidad y el valor de lo que hicimos se puede medir por la salvaje intensidad de la respuesta por parte del régimen. Declararnos víctimas es renunciar a nuestra libertad, cediéndole al sistema represivo todo el poder que hubimos de desarrollar para que nuestras ideas sonaran alto y claro. ¿Que nos reprimieron? Sí, pero eso no nos hace víctimas, sino héroes y está claro que no se pueden ser las dos cosas a la vez. Los protagonistas de un acto de libertad de semejantes magnitud y connotaciones no pueden ser reducidos a la categoría de “pobrecitas víctimas” sin que el verdugo salga fortalecido y por ende, el miedo continúe ganando terreno.

Quedan  cosas por explicar, razones que ofrecer, por ejemplo, la expulsión de Roberto Luque Escalona de la presidencia de Criterio Alternativo. Estas historias quizá deban esperar la generosidad de un nuevo espacio en el que ser narradas.  Sólo quiero anticipar que, en lo personal, no estuve de acuerdo con   la forma en que se expulsó a Luque de la organización Fue mi primera lección aprendida acerca de las trampas a las que puede dar lugar una mala comprensión de las fórmulas democráticas.

Han pasado diecisiete años y muchas, muchas cosas. En el camino  se nos han ido  bajando algunos: Manolo Granados murió en París; Víctor Manuel Serpa en Estados Unidos; en Canarias, Ofelia Gronlier, la esposa de Díaz Martínez, falleció cuando apenas empezaba a vislumbrar la nueva vida que parecía abrirse antes ellos. Lida también se fue, en Miami   -digo, si es que de verdad se marchan aquellos que siempre están rondando tu memoria.

Por ellos hablo. Es por ellos, que ya no podrán hablar por sí mismos, por los que  quise “ajustar” esta Carta, porque las prisas pueden hacernos caminar por encima de sus tumbas, arrollándolo todo.

Ellos, los vivos y los muertos, fueron héroes. Unos, por acción, otros, por su infinita capacidad de resistencia y apoyo incondicional, como los de doña Lázara, mi madre, sin cuya cooperación, ni mis hijos ni yo hubiéramos podido sobrevivir; el de mi hermano Pascual Cruz Varela, eterno cómplice; los de Mariela y Arnold, quienes, a pesar de su juventud, se mantuvieron a la altura de las circunstancias porque sabían, comprendían lo que estaba en juego y  jamás me han reprochado la tensión y el peligro que debieron afrontar. Aprendieron que la libertad es un territorio de conquista en cualquier parte por el que vale la pena asumir los riesgos. Nunca podré agradecerles lo suficiente que me hayan aceptado como madre.

A ellos y a todos los demás, donde quiera que estén, van dedicadas, en gratitud y amor, estas palabras.

 

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  1. #1 por chema el octubre 18, 2009 - 11:21 am

    A mí todo eso me cojía lejos,ya que vivía y trabajaba en Santiago de Cuba por entonces, pero lo recuerdo perfectamente. Protesté enérgicamente ante semejante salvajada de represión, y eso me costó una advertencia de la Seguridad del Estado. No era la primera: poco antes también había protestado públicamente por el cobarde fusilamiento de Ochoa.
    Precisamente, fue la brutal represión a Maria Elena Cruz Varela lo que me convenció de que con esa gente no se podía dialogar, que estaban dispuesto a aniquilarte, aplastarte, con tal de mantener su delirante comunismo. En 1992 tomé la vía del exilio.

    • #2 por María Elena Cruz Varela el octubre 18, 2009 - 5:58 pm

      Hola, Chema, greacias por comentar. Sé de lo que hablas, alguna vez a todos nos toca estar lejos de algo y ser igualmente entremecidos. Muchas gracias, otra vez por ayudarme a extender la memoria.

  2. #3 por chema el octubre 25, 2009 - 10:59 am

    Gracias a tí, Maria Elena. También influyó que por entonces había leído un libro de poemas tuyo(Afuera está lloviendo) y me gustaron mucho. Una persona que escribe poemas así siempre tiene algo de razón. Saludos desde España.

  3. #4 por GABRIEL AGUADO el mayo 24, 2011 - 8:09 am

    Maria Elena,gracias por reconocer mis ezfuerzos de aquellos dias en los q, tan feliz me senti siendo util a mi patria pues yo sentia q, podiamos lograr al fin crear una conciencia nacional de liberacion de nuestro pueblo y si en aquellos dias usando un galon de pintura ,un rodillo de lavadora antigua ,frazadas viejas ,viejas tintas y polvos abandonados en la imprenta de la otora LOTERIA NACIONAL ,ubicada en la residencia de los SANGUILY y q, colindaba con mi casa en aquel entonces cuanto se podria hacer hoy con celulares,computadores personales con printer a colores etc.el casi incontrolable internet.Tenngo muchas ezperanzas q’ en las condiciones actuales en cualquier momento se den laspremisas fortuitas q, den al traste con esa tirania q, tanta sangre ,torturas,dolor ,miseria y todas las indescriptibles penurias q, siguen padeciendo .etc.etc.etc………. un abrazO tu H.GABRIEL

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