CARTA DE AJUSTE II (continuación)

Nota: Este artículo se publicó en la Revista Encuentro hace unos meses  y su aparición trajo consigo más de un desasosiego. Por eso decidí traspasarlo a este espacio, por entregas, claro, para   quienes   no pudieron  leerlo en su momento. Gracias. Namasté. 

¿Cómo nació la Declaración de los Intelectuales; quiénes éramos entonces?

En el principio fue mi apartamento de Alamar, mi máquina de escribir, los poemas, los amigos –algunos no tanto- y Mariela y Arnold, mis hijos, quienes por suerte,  siguen siéndolo tanto.  El país hecho trizas, el Período Especial, las amenazas de  Opción Cero y mis hijos otra vez, mirándome desde una inocencia que  me hacía sentir culpable por  haberlos arrojado a “la arena de este lado del mundo”, pero no sabía qué hacer, ni cómo hacerlo.

Ganar el Premio Nacional de Poesía y el proceso mediático encabezado por Raúl Castro contra el general Arnaldo Ochoa son, de esa etapa,  sucesos que se mezclan en mi mente, porque ambos fueron, en términos de resistencia pasiva, las  gotas que colmaron mi vaso.

Desesperada y con un terrible sentimiento de humillación, me dejé rodar hasta llegar al suelo mientras el segundo Castro entonaba, frente a las cámaras de televisión y para un auditorio de generales sangrientos y aborregados, su particular diatriba contra el general Arnaldo Ochoa, los gemelos Antonio y Patricio de la Guardia y un nutrido grupo de oficiales que, hasta ese momento, eran considerados héroes; narcotraficantes y delincuentes a partir de ahí. Raúl Castro pedía que nos involucráramos en la farsa, pretendía obligarnos, por silenciosa aceptación, a que formáramos parte de un juicio al que asistíamos desinformados e  impotentes. Lo quisiéramos o no, teníamos que condenarles a la pena de muerte por fusilamiento porque ese era el deseo expreso de “nuestro Papá”; la voluntad del Jefe.

-Hijos –dije- aquí sólo van a sobrevivir los fuertes y los inteligentes y su madre no les puede garantizar que sea ninguna de las dos cosas. (Entiéndase por sobrevivir no sólo mantener la carcaza del cuerpo con vida a cualquier precio).

-¡Hay que hacer algo!

Convinimos pocos meses más tarde con el poeta Manuel Díaz Martínez, quien presidiera el jurado en el cual mi libro Hija de Eva resultó ganador del Premio de Poesía Julián del  Casal, en 1989. (Tendenciosamente,  Waldo Leyva, a la sazón presidente de la sección de Literatura de la UNEAC, en el artículo “A enemigo que huye, puente de plata”, publicado en el diario Juventud Rebelde con motivo de la posterior salida al exilio del poeta Díaz Martínez,   insinuaba, en un alarde de mal gusto digno de tener en cuenta, que el premio se debió a cierto tráfico de “favores íntimos” entre  Díaz Martínez  y yo).

-Mariela –habló el poeta – No se trata de tumbar al gobierno, sino de salvarnos moralmente. Vaya –agregó con su proverbial sentido del humor- algo así como decirles: “Tenemos el paraguas dentro, lo han abierto, nos obligan a movernos, pero no nos pueden obligar a decir que nos gusta…”

Todo bien hasta ahí, pero  los consejeros no tardaron en aparecer para disuadirnos de que, ni estábamos preparados, ni era el momento. El dramaturgo Antón Arrufat habló con Manolo. El  poeta Manuel Vázquez Portal, apelando a su lucidez de  entonces, se encargó de “abrirme los ojos”. Sentados ambos en una acera en la calle 17 esquina H,  me explicó que no tendría ni un lugar donde esconderme, “ya no hay posibilidades de meterse en la Sierra Maestra y además, fumas mucho y tampoco estás en buenas condiciones  físicas”. Estas fueron aproximadamente sus palabras y lo peor del caso es que eran verdad y ¡continúan siéndolo! El tabaco y las dolasmas aún  son “mi más fieles compañeras” –digo, para matizar con un cierto tufillo a bolerazo.

 Mientras, mi apartamento era un hervidero al que muchos, demasiados quizá,  acudían a verter su inconformidad y después se marchaban limpios de conciencia, sintiendo que habían consumido su diaria dosis de disidencia oral. Me harté y decidí arrancar sola, sin encomendarme a nadie más que, otra vez, a mis hijos. Escribí una Declaración de Principios a título de todas las “yo” que creía ser: la madre, la cubana, la poeta, la mujer… y las rodillas me tiemblan al recordar cómo me temblaban las rodillas cuando, transida de pavor y vulnerabilidad, redactaba la carta escoltada por Mariela, Arnold y por Héctor David, “contra” quien estaba casada por entonces. Puedo revivir el sentimiento de trasgresión que experimentaba, ¡como si estuviera cometiendo una falta, tan grave, que no tendría perdón de un Dios al que, por esos años, ni siquiera conocía!

Esa carta fue entregada en las dependencias del Comité Central del Partido Comunista de Cuba y, como es lógico, obtuvo la callada por respuesta.

Así fue hasta que, tras sus enormes gafas y su aspecto intelectual,   Thais Pujol, casi una niña, se incorporó al paisaje alamareño. Fue ella quien me habló de un  libro escrito en Cuba y publicado en Miami por Roberto Luque Escalona. Me lo prestó. Lo leí. Conocí a Luque y al padre de Thais, José Luís Pujol, los  fundadores de Criterio Alternativo, y todavía llena de miedo y confusión, me sumé a ellos.

El escritor y crítico Fernando Velázquez Medina,  asiduo a las tertulias de mi casa, pasó a visitarnos y le conté con detalles el paso que acababa de dar. En lugar de la reprimenda  que esperaba, Fernando reaccionó pidiendo incorporarse al grupo. La troica Pujol-Luque-Cruz Varela dejó de serlo. Ya éramos un cuarteto: teníamos  que empezar a sonar.

Nos reuníamos, discutíamos, escribíamos y todo parecía ir más o menos bien hasta el momento en que pedí pasar las reuniones del grupo para mi casa: era la única con hijos pequeños. El primero en desgajarse del cuarteto al poco tiempo  fue José Luís Pujol. Nunca entendí por qué, pero, equivocado o no, sus razones tendría y  las respeto.

 Fue en el vientre de un autobús de la ruta 116, Alamar-Vedado, donde se gestó la Declaración de los Intelectuales. De pie, apretujados, remecidos y sopapeados, viajaba con mis hijos, escoltada por Héctor David y Fernando Velázquez, quien me dejó caer al oído, con ese estilo suyo tan particular, la necesidad de hacer una  carta para recoger firmas entre los intelectuales cubanos. Haciendo equilibrios para no caer, le respondí que, “con tan buena voz, no mandara a cantar”, que la redactara él mismo y una vez escrita, la discutiríamos con los demás, o sea, hasta ese momento, con el único miembro de Criterio Alternativo que no estaba presente: Roberto Luque Escalona. Fue así como surgió, ni más ni menos, lo cual no le resta un ápice de valor y grandeza. Esas eran nuestras circunstancias.

Lamento defraudar a quienes eligieron creer que se trataba de una “Nueva maniobra de la C.I.A”, como se apresuró en calificarla el diario Gramma en un artículo presumiblemente escrito por Carlos Aldana, el tercero  en la cadena de mandos del Comité Central, quien, sin saber que estaba a punto de ser  escandalosamente defenestrado, aún se creía invulnerable. Como elemento jocoso, quiero agregar que, si la Agencia Central de Inteligencia norteamericana  tuviera que pagarles por sus servicios a todos los disidentes y opositores que fueron, y son,  acusados por el régimen cubano de trabajar bajo sus directrices, la reserva monetaria Federal de los Estados Unidos de Norteamérica hubiera agotado  su presupuesto y algo más.  En lo que a mí respecta, ¡todavía espero al agente de la C.I.A. que se identifique como tal, claro está, y ofrezca abonarme, con los debidos intereses, la fortuna que me adeudan por los servicios  que, se supone, les he prestado!

Entiendo la posición  del régimen cubano al respecto: a esas alturas del juego, daban por sentado nuestro endoctrinamiento, por tanto,  en sus mondas seseras no podía caberles que   renunciáramos a Matrix por iniciativa propia.. Éramos un “error en el programa” que jamás debía ser reconocido como tal. Desde sus “puntos en la vista”, semejante patada pública en pleno corazón de su demagogia  no se nos pudo ocurrir a nosotros solitos.

Pero no, señores, el proyecto de una declaración en la que algunos intelectuales patentizaran su disconformidad con la situación política y económica de la isla, no nació en las refrigeradas oficinas del Pentágono;  ni en las asépticas dependencias de Quántico. Vino al mundo en medio de empujones, fuertes olores de axilas sin desodorantes y arrullada por el salitre, la chusmería, la indiferencia y la guasa de quienes regresaban de darse un chapuzón en Guanabo porque, olvidaba un detalle sin importancia: era domingo. Así es que, parodiando la parodia, podemos asegurar que esta Declaración fue, es y será “tan salá como las aguas de nuestras playas caribeñas”.           (continuará…)

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  1. #1 por Ernesto el octubre 11, 2009 - 5:45 pm

    Hmm, llegue a una parte donde dice… (continuará…) y se que no podre estar tranquilo hasta que publiques la otra parte que ha de continuar.

    Ahora entiendo porque muchos hombres de Cuba se sienten tan cobardes ante tu presencia, tan amenazados por tu coraje, debiles ante la fuerza de tu moral y la grandeza de tu ser. Que Dios te bendiga amiga mia y perdone aquellos que atentaron contra ti, o lo que es peor, observaron indiferentes o acobardados.

    Te amo

    Ernesto

  2. #2 por Frank Z el octubre 12, 2009 - 11:14 am

    Maria, gracias por el recuento de esos momentos, admiro tu valentia en medio de los tentaculos de la mafia castrista, Muchos carinos. Frank

  3. #3 por Isabel Gallego el octubre 12, 2009 - 6:28 pm

    Pues, no sé ni qué decir porque en este mundo de cobardes (entre los cuales me cuento tantas veces; otras no y a trompicones) es la valentía de unos pocos, María Elena, la que nos salva. Gracias.

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