carta de ajuste

Nota: Este artículo se publicó en la Revista Encuentro hace unos meses  y su aparición trajo consigo más de un desasosiego. Por eso decidí traspasarlo a este espacio, por entregas, claro, para   quienes   no pudieron  leerlo en su momento. Gracias. Namasté. 

  A  Manolo Granados, Víctor Manuel Serpa,  

   Lida y Ofelia Gronlier, In Memorian.

 El título de este trabajo no puede ser otro que “Carta de ajuste” porque  se trata de afinar la sintonía. Cuando el ruido del mundo hace que extraviemos la memoria y las perspectivas, es necesario “ajustar el patrón de pruebas” para no extraviarnos.

En este  año se conmemora -para aquellos que no insistan en olvidar o pasar por alto- el décimo séptimo aniversario de un hecho que marcó un hito en la otra Historia de Cuba: La Declaración de los Intelectuales o Carta de los Diez. Para rendir homenaje a quienes lo arriesgaron  todo en aquellos gloriosos, hambreados y peligrosísimos días de una Habana asediada por el miedo y la imposibilidad, es preciso  apartarse de las expectativas personales y sin prejuicios,  caminar dentro de sus sandalias. Estar y ser con ellos.

Nunca antes he escrito con detalles acerca de esa etapa, quizá porque,  a fuerza de escaldaduras, asimilé que todo necesita su tiempo, su baño de serenidad y aplacamiento porque nosotros, los humanos -asustados por la raíz del término, inevitablemente asociada con el humo- nos comportamos ante la historia como si esta fuera una taquilla donde se expenden boletos hacia la  inmortalidad y otras memeces. Frente a esa ranura nos atropellamos los unos a los otros, intentamos obviar lo obvio, adulterar, tergiversar e incluso, cometemos delito de lesa mediocridad. Nos afanamos en eliminar, por omisión o indiferencia, a aquellos que, creemos, puedan hacernos “sombra”. Hay quienes, aturdidos e insensatos, llegan a confundir la entrada al “paraíso de la posteridad” con la ventana catódica y terminan estrellándose contra su  engañosa pantalla.  Todo eso, y más, hacemos apretujados delante del  impasible umbral que, suponemos, debe salvarnos de ese pensamiento de  muerte que llamamos olvido; de ese horror vacui al que sucumbimos al pensar que  nuestra vida carece de sentido si no salimos en la “Foto”. ¡Así somos de inocentes! Y creedme: no estoy ironizando.

 La Carta de los Diez no es el único hecho trascendente, de probado  valor e inteligencia en la cruzada por lograr la democracia en Cuba, pero sí inauguró un estilo que más adelante serviría a otros para establecer su propia senda en la disidencia interna. En el proceso de germinación de una sociedad civil al margen de las esferas del poder, se puede hablar de un antes y un después de la Declaración de los Intelectuales, pero ése es tema para otro trabajo.

Como  sabemos, por experiencia, que  la historia es algo que unos escriben mientras sus protagonistas se juegan la piel, cada cual debe hacerse responsable de rellenar los apartados de su propio guión, sin esperar a que  sean “otros” los que vengan después a hacer el “cuento” porque no hay después, no hay otro tiempo que  éste y no es de sabios dejarlo pasar sin haber hecho lo que creamos pertinente. Por tanto, para curarnos en salud, sólo me falta aclarar que mi intención no es disminuir unos hechos en favor de otros, sino rendir un  merecido tributo a quienes, hace diecisiete años, asumieron el riesgo de firmar un documento que no tuvo ni tiene precedentes en el desarrollo de esta tragedia que ensombrece nuestras vidas hace casi media centuria. Sus efectos irradian sobre quienes fuimos obligados al extrañamiento y hoy padecemos el Síndrome de Ulises, desparramados por los cuatro  puntos cardinales del planeta.

En estas y otras cosas he pensado durante mis cuatro años de seudo-retiro voluntario –digo “seudo”, porque el retiro absoluto es imposible-. Me he dedicado a pensar, a intentar comprender y, también, a escribir alguna que otra novela. Para ello era necesario apartarse de los reflectores, aunque sea por un período de tiempo. Esta elipsis fue imprescindible para ajustar mi carta personal, tomar cierta distancia y evitar atropellarme contra el árbol sin llegar  nunca a percibir la magnitud del bosque.

 (continuará…)

Anuncios
  1. #1 por Julissa Alberich el octubre 7, 2009 - 2:32 am

    Eres una tremenda escritora. Me encanta tu manera de expresar tus pensamientos que son reflexciones real…

    • #2 por María Elena Cruz Varela el octubre 7, 2009 - 8:45 am

      Otra vez, gracias, un abrazo y aquí tienes también tu espacio.

  2. #3 por fernando el octubre 9, 2009 - 8:39 pm

    Bueno, me encanta que seas tu quien escriba la historia, antes que tantos “heroes” y “cronistas” falsos, sin contar a quienes quieren apropiarse de la historia, aunque sea con minusculas.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: