Hoy, que llueve en Madrid, serenamente

En un día perfecto para las confesiones.  Ideal para una conversación íntima   que sólo tú y yo podemos mantener.  En este hablar sin juicios, sin condenar, apuntalándonos en la necesidad de comprender, quiero contarte  cosas de las que nunca escribo, no sé si por pudor o, porque a veces, pienso que no estás interesado en saber que hay detrás de las apariencias. Pero, ¿sabes?,  la lluvia de finales de abril  golpea la ventana y sé que hoy no vendrá nadie a visitarme, apenas sonará el teléfono una o dos veces y  los que pasan por mi calle lo hacen  de prisa, con esa mirada volcada hacia adentro que padecemos todos cuando lleve. Este es, pienso, un instante magnífico para hablar del Amor y otras reconstrucciones.

Nací en una isla que se dio el lujo de permitir que la Idea de Dios fuera la primera víctima condenada al destierro. Cuando crecí lo suficiente para hacer preguntas, a mi alrededor ya no había nadie que me contestara . Después, mucho después, supe que hubo hombres y mujeres llenos de verdadera fe. Hombres y mujeres que, por sostener su fe, murieron dignamente, padecieron las mazmorras, los gulags castristas y otras humillaciones. Todo eso es verdad, pero no lo sabía.

Recuerdo una tarde alamareña, en la terraza de un amigo chileno, con mi dos hijos y  otro grupo de amigos, aferrados a una película larguísima   en un vídeo que no mantenía la imagen fija y por tanto, fueron  horas siguiendo una trama desconocida a ritmo de parpadeo. No sabía por qué nos sometíamos a esa tortura -alguien Sí lo sabía- pero resistimos hasta el final las siete horas que duró  Jesús de Nazaret, el film de  Franco Zefirelli. Los que allí estaban, seguro que tampoco han olvidado.

En la cárcel, cuando el miedo me atenazó el estómago, tímidamente intenté apelar a un Dios  que no me era familiar y mi boca se trabó en el balbuceo de un Padre Nuestro que, para aumentar mi horror, tampoco me sabía.

Años más tarde, recién llegada al exilio, conocí a un matrimonio perfecto, con el hogar perfecto, la familia perfecta y sólidas y perfectas convicciones, avaladas por una fe cuyos votos eran renovados cada domingo en misa. Yo no sabía, no comprendía, pero les  admiraba y en secreto, aspiraba a que en algún momento, también mi vida fuera más o menos  así, cuando lograra reunir a toda mi familia. El día en que me enteré -apenas pasado un año- de que la familia perfecta mantenía su status gracias a desfondar sin piedad  la tarjeta de crédito del  bueno de su jefe, el alma y mucho más se me fue al piso.

Ha llovido demasiado dolor desde entonces. Lo “tenía todo”,  según la opinión de   buenos amigos y muy buenos “enemigos” también. No me faltaba nada de lo que casi todo el mundo aspira a tener. Reconocimiento público, trabajo bien remunerado, en fin… Lo tenía todo, según aquellos que no ven más allá de lo aparente. Es verdad. Dieron por supuesto que había llegado al cielo, al menos, a sus cielos aspiracionales…

Pasó el tiempo y pasó y pasó y volvió a pasar. Sangre, lágrimas, estupro,  corrupción, violencia, odios pasaban día a día ante mis ojos mientras cerraba la edición del diario en el que trabajaba con mi corazón cada vez más  entristecido. Al cerrar por las noches la puerta del apartamento de alquiler en el que me refugiaba,  una y otra vez las mismas preguntas sin respuestas: ¿Qué sentido tiene todo ésto? ¿En verdad, qué es lo que quiero? ¿Es para ésto para lo que salí de Cuba?

Los atentados del 9 de septiembre de 2001 en Nueva York pusieron la tapa a mi escuálido pomo:  aumentó mi desasosiego, mis exitos aumentaban también, pero nada llegaba a calmar esa agonía tan vieja como el mundo. Semanas después, como la letra de una canción olvidada, a mi memoria llegó el recuerdo de aquellas siete horas pestañeando en el portal alamareño, salí al viedo club y alquilé la película. La vi de un tirón, esta vez sin pestañeos, pero rociada con todas las lágrimas contenidas en mí durante años, siglos, quizá hasta milenios. El 2 de febrero de 2002, miré a mis compañeros, traté de verlo, de abarcarlo todo y con esa mirada llegó también una formulación un poco extraña: Tiene que haber otro modo de estar en el mundo. Tiene que haber otra manera de ver las cosas. Recogí mi abrigo, mi bolso, mis guantes y me fui, sí, me fui a la casa de quien aún hoy es mi mejor amigo.

-Dejé el trabajo -le dije, y a continuación, hablé sin parar de todas mis angustias, de todos mis quebrantos. Al terminar, mi amigo del alma me miró con cierto miedo:

-¿Y de qué vas a vivir, Iluminatis?

-Si lo que creo es cierto, o lo encuentro o me encuentra.- Fue lo único que pude responderle.

Entonces todo empezó a cambiar, no fuera, sino dentro de mí.  Cada pregunta empezó a llegar en orden justo y con cada una, llegaba la respuesta. Por eso quiero decirte a ti, que lo mereces: nadie nunca me quitó nada, no he perdido nada, todo está ahí. No me encogí, al contrario, comencé a crecer en otras direcciones. Aprendí que no importa lo que creas que pase: Dios está ahí aunque  no quieras verlo.

En ese  re-conocimiento que nada tiene que ver con sectas, grupos o instituciones religiosas al uso, está incluida Cuba, mi patria bienamada. Están incluidos todos,   nadie ha quedado fuera, también tú estás en ese Amor que me mueve,  por eso   no me justifico. No me defiendo porque no me siento atacada y para mí sólo existe un Juicio válido y digno de  confianza,   el único Juicio al que me someto a diario: al del Amor de Nuestro Padre por Su Hijo. Ahora, que ha dejado de llover, puedo decir te amo, así, a pesar de ti mismo, a pesar de este mundo cambiante. A pesar de su lema: Busca, pero no halles, puedo oler el amor en la tierra mojada y en los guijarros del jardín y tengo fe y confianza suficiente para amar cada lección, cada instrumento de aprendizaje. Tengo en este momento al borde de los labios la más bella plegaria para darte, no me importa después lo que hagas con ella, ésa es tu elección, pero confío en ti, aunque no te conozca o, quizá, porque te conozco demasiado. Ha dejado de llover en esta tarde. Es hora de partir, hora de acomodar los trastos del armario, de lavar la vajilla, de preparar la vida, la que empiza mañana.

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  1. #1 por Caridad Alayón el septiembre 27, 2009 - 4:11 pm

    Ma. Elena:
    Tus escritos profundos, y lleno de verdades me encantaron. Eres muy buena escribiendo.
    En lo que respecta al Concierto de Juanes no me ajusto a tus ideas, ni te las critico. Cada cual tiene el modo de ver las cuestiones.
    Espero poder seguir disfrutando de lo que escribes.
    te conozco de oidas desde Cuba, pues llegué acá en el 2000. Ahora en el Facebook es que vuelvo a encontrar tu nombre. Cariños. Siempre…

    • #2 por María Elena Cruz Varela el septiembre 27, 2009 - 4:23 pm

      Gracias, Caridad por tu opinión. No importa que no estás de acuerdo. Estás y eso es lo que importa, ese ejercicio de diversidad. Gracias otra vez y un abrazo

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